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Venganza

Cuento

Ana Canepa

              Era una casa muy linda, hecha de madera. Todas las paredes de adentro y afuera estaban pintadas de blanco. Tenía un pórtico en frente y un patio con un jardín enorme atrás, donde crecían flores. Una cerca de madera blanca rodeaba el perímetro.
 

              Mis papás se mudaron cuando mi mamá estaba embarazada de nosotros. Mi hermano y yo nacimos en esta casa. Nuestros primeros meses los pasábamos acostados sobre una manta en el jardín con mi mamá, tomando el sol y durmiendo entre las flores. Pintamos mi cuarto rosa y el de mi hermano azul. Mi hermano tenía la puerta de su armario llena de calcomanías de dinosaurios, y yo pegué en mi techo estrellitas que brillaban en la oscuridad. Cuando no me podía dormir miraba cómo disminuía su resplandor, y a veces vibraban un poco cuando la casa crujía.

              A veces, la casa crujía. Como quejándose. Cuando le preguntaba a mi papá, me decía que solamente se estaba acomodando.

              Mi hermano y yo crecimos en esta casa, y la casa fue cambiando con nosotros. Desde pequeños aprendimos a escribir con colores en las paredes. En el pórtico tapamos con un mueble el hoyo que hizo una vez mi hermano, intentando hacer un truco en la patineta. Disminuyó la cantidad de flores en el jardín porque nos estorbaban cuando jugábamos futbol, y aparecieron marcas del balón en la pared de la sala cuando llovía y teníamos que jugar adentro.

              Nuestras estaturas a lo largo de los años estaban marcadas en la entrada de la cocina, y la casa también se ponía vieja. A veces cuando iba por los dulces que escondíamos en una tabla floja en el piso del corredor, chocaba con la puerta de mi cuarto. Juraba que se movía de lugar. Me explicó mi papá, un día seco de verano que se quedó encerrado fuera de la casa por horas porque la puerta no abría; que, según él, la casa se hinchaba por la humedad. Las estrellitas en el techo de mi cuarto ya no brillaban, pero el crujido de la casa acomodándose me arrullaba en las noches.
 

                                                                           ***
 

              Un día decidimos quitar el jardín para construir una alberca atrás de la casa. Por semanas vinieron trabajadores y sacaron toda la tierra del piso. Llevaba años sin haber flores en el jardín. Los obreros se sentaban en el patio trasero a descansar, y uno de ellos, al recargarse, rompió uno de los escalones.

              Un constructor nos informó que los sustentos de la casa estaban dañados. Estaba un poco confundido, ya que no había rastro de ninguna razón por la cual esto pasaba. Las marcas no parecían de termitas, pero no encontraban otra explicación. Se tuvo que parar la obra.

              Esa noche, otra vez, no podía dormir. Pensaba en la casa. Una hierba había crecido desde el jardín entre la madera que sostenía mi ventana, y yo observaba su sombra en la pared. Estaba decepcionada de que se tuvo que poner en pausa lo de la alberca, porque me había emocionado por eso. Pensaba en la posibilidad de que tendríamos que dejar la casa algunos días para que aplicaran un pesticida contra las termitas, y que nunca había dormido fuera de estas cuatro paredes, y cómo sería eso.


              Cada vez que escuchaba el familiar crujido de la casa me relajaba más y más. Por fin entré en sueño cuando el techo me cayó encima.
 

                                                                           ***

       Ahora, si la miras, las flores volvieron a crecer entre la madera blanca, astillada.

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Ana Canepa (Monterrey, 1995) estudia las carreras de Psicología y Letras en la Universidad de Monterrey. Ha publicado en Palabras que cuentan (UDEM).