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Tarde

Poema

Jeannette Clariond

Vacía

la

    tarde

se vacía.

 

Hermosamente

    de palabras

se vacía.

 

Vacía de agua

    doliente

mi lengua

 

vacía.

 

Necesitaba del silencio, como la muerte el destello de la flor, madrigales para hundir mi leve sangre, piedras de río donde enjugar el paño sagrado.

 

Dios optó por la parvedad; creyó que su creación había terminado con el barro y la belleza de la criatura. Ignoró la desolación, no pudo ver más allá de sus manos, lo blanco del pensamiento que sube a las alturas con el azor.

 

¡Callad, hermanos muertos! ¡No alcéis vuestras

    voces, romperíais las vasijas!

 

¡Cubrid la podredumbre en los ojos del hambre!

 

… las palmeras se agitaban con el céfiro, los critsales trizaban su soledad, astillando las jarcias del árbol que nos vio nacer.

 

¡Mas no lloréis vuestra falta, precipitarías el final!

¡Derrumbad el altar del austero incitador de los inocentes!

 

    (La palma datilera atormentará

    la mesa encumbrada por los reyes).

 

… atados sus pies, los arrastraron por el desierto, sus cabellos envueltos en paños magenta, memoria del oscuro signo del carey.

 

    ¡Dilatad vuestros pasos bajo el sol, abrazaos a

    la serpiente cuyo rastro de arena es el más puro!

 

    ¡Bebed vuestra sed y cada quien bendiga su expresión!

 

    (La palabra encenderá desnudos cielos,

órdenes para labrar los cristalinos huesos

que asoman en la vega ramosa: pálpito

de nuestra orfandad).

 

Vengan peces a mi orilla, alimenten mi salsedumbre: mis labios

beberán del vino sin reconocer la escama de su linaje.

 

    ¡Un sol lastimará la mejilla que ofrecisteis pues nada

    es más digno de ofensa que el anhelo de la propia hiel!


 

(Ríes con risa sardónica, lavas tus manos en la noria lamosa con

el pudor de un dios que busca borrar las manchas purpúreas

del universo.)

 

Dios, ¿por qué desgarra tu granizo las tiernas hojas de los tréboles?

 

Oh mar

Inmenso

Acoge

Mi desamparo

 

    Y el viento anunció que nuestra sería la miseria:

    Illa nec misere moriebatur, nec omnino moriebatur.

 

Era su sonrisa el brillo plateado en la albufera, ráfaga incrustada en mis entrañas, era vuelo de ánsares su mirada por la que yo ascendí los montes del origen. Sin temor me demoré en sus pupilas penetrando las olas.

 

    En el lento devenir de su pensamiento yo era

    luciérnaga, pasos en la incierta vereda.

 

    Y el viento de mi corazón batía

    vela en el vendaval.

 

Callé, y la piedra escuchó mi silencio.




 

Todo dolor tiene su momento. Verdades inquebrantables yo seguí en los pasos de los astros, la señal que desconoce el tiempo del alumbramiento y transcurre entre ambiguos deslaves. ¿Qué mano respira el aura de los cedros sin miedo a suceder? Tócame, toma mis brazos de flor a punto de derramar la elevación de su tallo.

 

El hombre sólo es hombre, mientras tú, oh dulcísimo cáliz, vives en el imperio donde el vuelo del Ángelo se desgarra

 

¡Almacenad los trigos para la hambruna, el remo vertical cuando el cierzo arrecia! Inclinados ante la ceniza imploramos la nuda semilla de la desvergüenza!

 

Es un engaño el azar. ¿O es que la luz se apiada del pobre de corazón al ver su paso ciego en la colina? ¿Floreció o es eterna la caléndula, la extendida serenidad del quetzal?

 

Horas en el transcurso infinito del árbol. Probé sus sed, temblé ante la tempestad, la negación con su voluntad de poderío.

 

Acompáñame, sé mi guía en la piedad, alcánzame esa rosa que en tus labios se transforma en vino dulce. Ave, asciende a la colina que mide las longitudes de mi origen. ¿No te das cuenta que tus ojos hablan el follaje? Ven, toma mi cuerpo envuélveme de ternura cuando casi su acacia.

Oremos, el largo beso en la pradera.

 

El sitio que visité en tu ausencia era una mariposa. La espina sangró savia azul. Te vi llegar en el sueño y una pluma flotó sembrando de alborozo los verdes portones del patio.

 

    Llegaste entre las gasas, colibrí.

    Tu perfume asigna tonalidades al paisaje,

    y tiñe violácea la espesura.

 

    Llegaste por el inesperado camino

    limpiando de llaga

    mi leve sangre.

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Ilustración del texto aquí.

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Jeannette L. Clariond es poeta y traductora. Ha dedicado gran parte de su ejercicio profesional al estudio del pensamiento y la religión en México antiguo, tema sobre el que ha impartido seminarios y conferencias dentro y fuera de su país. Durante 15 años colaboró en la revista Movimiento Actual, y actualmente dirige Vaso Roto Ediciones. Es fundadora del Concurso Internacional de Poesía en Braille.