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Sobre la traducción

Reflexión

Andrea Rivas

Mis primeros recuerdos de acercamientos a la traducción incluyen muchas plumas de gel de colores y una carpeta de Harry Potter que me dieron en BlockBuster cuando mi mamá me compró la película La cámara secreta. En ese entonces mi mayor diversión era sentarme a ver la película con el volumen muy alto, poner los subtítulos en inglés y escribir mis palabras favoritas en la carpeta; pero también las palabras que no entendía, para investigarlas más tarde. Mis favoritas eran “heir”, “perhaps” y “blood”. Me sentía Sherlock Holmes en mi juego de descubrir los secretos de las palabras. A veces pausaba, regresaba unos segundos al DVD y volvía a escuchar. Me maravillaba darme cuenta de cuántas palabras conocía y me causaba un gran conflicto comprender por qué, cuando las decía Alan Rickman sonaban tan distintas a cuando las cantaba Britney Spears; tenían otra alma, decían otra cosa. Cuando tenía una lista considerable de palabras desconocidas en la carpeta, tomaba mi diccionario miniatura Larousse y buscaba sus traducciones al español. A veces me reía porque me daba cuenta de que había entendido completamente mal todo un diálogo, pero otras veces sentía un hueco enorme en el estómago porque me daba cuenta de que mi austera definición en español no era, y nunca sería, suficiente para captar el sentido entero de una palabra que me había enamorado. Pienso en Hit Me Baby One More Time y recuerdo el momento preciso en que conocí la palabra “loneliness”, que para mí, sonaba, sin duda, como algo que quería para mi vida. En mis oídos decía independencia, un juego, sonrisa y algo entre rosa y morado. Cuando la busqué en el diccionario pensé que quizá había buscado mal, pero sin importar cuánto revisara la ortografía, ahí estaba impávida la traducción: soledad. Aún está remarcada con tinta morada en mi diccionario de la primaria. Y entonces me preguntaba cómo sentirían la soledad los que hablaban inglés. ¿Sería la misma soledad que yo sentía cuando se terminaba el libro que estaba leyendo? ¿O sería una soledad que se parecía más a la libertad, a lo que a mí me sonaba cuando escuchaba en ese tiempo a Britney?

Con el tiempo dejé de anotar mis palabras favoritas, aunque nunca dejé la práctica de ver las películas e imaginar la traducción que yo haría. Luego empecé a leer libros en inglés y en mi cabeza jugaba a pensar cómo lo diría yo si tuviese que ponerlo en español. Me desesperaba especialmente con Trainspotting y pensaba que ojalá nunca la hubieran traducido (al final me desesperé y terminé leyendo la segunda mitad en español). Sin embargo, no fue sino hasta que estaba en los últimos semestres de la universidad que me adentré en el fenómeno de la traducción de la poesía. La primera autora a la que traduje formalmente fue a Carolyn Forché, con el libro The Country Between Us que poco después se publicó en el sello de Valparaíso México como El país entre nosotros. Recuerdo que tardé muchas horas en traducir el primer poema del libro. Había tantísimas cosas a las que atender, que terminaba por pensar que iba a traducir un libro totalmente distinto. Había que cuidar el ritmo, un ritmo testimonial y duro que señala y acusa, pero también suave, descriptivo, una furia contenida. Había que cuidar las palabras, los sonidos, las onomatopeyas, las aliteraciones, había que contar la historia de una terrible guerra civil cuyos crímenes siguen lastimando a El Salvador: la poesía es un mundo en sí mismo, su código no puede compararse a ningún otro y yo tenía que sumergirme en ese código para mediar entre dos lenguas, pero sin duda quería, que los lectores de lengua hispana pudieran sentir ese mundo de rabia e impotencia al que Carolyn nos introducía. Había estudiado las distintas traducciones de El cuervo, había intentado hacer —rotundamente mal— la mía. Había leído ensayos sobre la traducción literaria, sobre traductología, sobre las decisiones que hay que hacer cuando traducimos literatura. Estaba tomando un seminario de traducción maravilloso, pero nada me había preparado realmente para traducir el verso “the ticking of a dog”. ¿Cómo diablos iba yo a expresar en español el sonido y la acción de las garras de un perro contra el piso en un verso tan corto? Le mandé mensajes a casi todos mis amigos y la mayoría me dijo que pusiera “correr” y dejara de flagelarme, no era importante. Pero en un poema todo es importante. Y a lo largo del tiempo he aprendido a tomar algunas decisiones sobre los niveles de importancia en los poemas específicos que estoy traduciendo en el momento. Pero no podría haber llegado a entender cuándo algo es importante y cuándo no, si no hubiese caído en cuenta de algunas consideraciones respecto a traducir poesía:

  1. Tienes que saber de poesía sí o sí. No importa que no quieras dedicarte a ser poeta, tienes que ir a talleres de creación poética, tienes que saber cómo funciona la poesía en tu lengua.

  2. Es importante que conozcas la lengua que vas a traducir, pero es más importante que tengas la paciencia para investigar a fondo, la curiosidad para seguir aprendiendo todo sobre la otra lengua y su contexto de producción.

  3. Y al revés. Ser hablante del español no te hace experto en español. Tienes que estudiar el español a profundidad, aprender sus formas y contenidos, que son con los que jugarás cuando estés traduciendo.

  4. La traducción de la poesía es quizá de las más variables de todas. Hay poemas que centran su atención en la música: traduce la música. Hay poemas donde lo importante es el referente: explica al referente —en este tipo de poemas seguro vas a necesitar notas al pie—. Hay poemas narrativos: traduce la historia. Y hay, claro, mágicos poemas que son los que causan más dolores de cabeza —pero también más placer al lograr traducirlos—: los poemas que exploran al mismo tiempo y ponen el mismo nivel de importancia al metro, rima, ritmo y sentido. A veces tendrás que sacrificar uno.

  5. Aprende a decidir. Sí, esa imagen que está en el poema es maravillosísima, sí, el ritmo es mágico pero ¿tú traducción al español hace que te sientas igual, que tiembles igual que con el original? El objetivo final de un poema es generar algo en el lector. A veces es reflexión, a veces es ira, desasosiego, amor, frustración, maravilla, sorpresa. Nunca olvides esto. La lengua tiene maneras muy complejas de hacernos sentir cosas. No importa qué tan preciso haya sido tu uso de las palabras, si lees el poema y no te hace sentir nada, busca otra manera.

  6. ¿Está vivo el o la autora? ¿Tienes manera de ponerte en contacto? ¡Hazlo! Claro, antes del internet todo era mucho más difícil para los traductores, ahora no es tan complejo resolver dudas específicas con el creador del texto.

  7. Ten en cuenta quién va a leer tu traducción, las palabras que vas a usar para el público mexicano no son las mismas que usarías para un lector español.

  8. Estudia la cultura y tradición que estás traduciendo: no es lo mismo traducir inglés de Inglaterra de 1800 que slam poetry de Estados Unidos.

  9. Sé humilde. Importa lo que dice el poema, no lo que tú crees que el poema quiso decir.

  10. A veces “lonely” puede significar libertad y, al final, no está tan lejos de “looney”.

A pesar de todo esto, muchas veces he pensado que es cierta la aseveración “Traduttore, traditore” (del italiano “traductor, traidor”). Y sin embargo, a mí me parece mucho peor traición tener un poema maravilloso y negarnos a compartirlo con todos aquellos que no podrían conocerlo sino a través de nosotros. Como dice Yves Bonnefoy (en traducción de Clara Curell): “la traducción puede ser una pérdida de poesía, un peligro para la idea de la poesía, pero, al mismo tiempo, tiene la fortuna de ser lo que intensifica su necesidad y recuerda su derecho a existir (…) La traducción es, así, mucho más que un nuevo texto: es un lugar de confluencia, la indicación de un camino”.

 

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Ilustración del texto aquí.

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