• Black Twitter Icon
  • Black Instagram Icon

Sobre el perdón

Reflexión

Mariana Riojas

Hablar de perdón es tan difícil como de hecho darlo, o, en algunos casos, pedirlo. Después de varios años de estudiar, leer, pensar y discutir acerca de este fenómeno, he llegado a más de una conclusión relevante, la primera: no se puede tratar como si fuera un concepto abstracto. Te invito a situarte en una situación en la que se te haya presentado la oportunidad de perdonar a alguien. ¿La tomaste o la rechazaste? Cualquiera que sea la respuesta, tenla en mente. Y, ahora sí, hablemos del perdón.

 

Escenarios que permitan la posibilidad de perdonar hay miles; sin embargo, todos estos escenarios deben de tener una sola cosa en común: una falta. Una falta que establezca quien es el ofensor y quien es el ofendido. Todo lo demás es accesorio, contingente. Esta simple afirmación es mucho más profunda de lo que parece a primera vista. Va de nuevo en otras palabras: la única precondición existencial para que se dé el perdón es que exista una falta previa, una falta que el ofensor aplicó al ofendido. Básicamente, la premisa describe el fenómeno por completo: nada condiciona la posibilidad de perdonar, más que la existencia de la falta.

 

Dicho esto, tenemos la primera característica del perdón, es incondicional. No se encuentra atado a absolutamente nada; esto implica que tampoco se encuentra atado al arrepentimiento del ofensor, ni a condiciones del ofendido. Esta fuerte afirmación no me vino en un rapto divino, o fue consecuencia de sustancias sospechosas. La idea original del perdón como incondicional, la tomé prestada de la filosofía del filósofo francés Paul Ricœur. No fue sino hasta el final de su vida que dedica pocas páginas al estudio de este gran fenómeno, tan mitificado y malinterpretado a lo largo de la historia de la humanidad.

 

La incondicionalidad del perdón, entonces, asume que no puede depender del arrepentimiento del ofensor. Es decir, yo como ofendido tengo la libertad de perdonar, exista o no el arrepentimiento ajeno. Al ser libre para otorgarlo independientemente del arrepentimiento, legitima su incondicionalidad. En ningún momento quisiera desacreditar la dificultad de perdonar bajo la ausencia de percepción de un arrepentimiento de parte de quien me ofendió… sin embargo, la posibilidad de hacerlo sigue en pie.

 

Esto nos lleva a la segunda característica del perdón: es unidireccional. Esto quiere decir que el perdón tiene una dirección solamente, va de ofensor a ofendido. Es complicado hablar de esto, puesto que el humano se encuentra inmerso en una dinámica interminable de acciones recíprocas. Consciente o inconscientemente, las acciones que hacemos o dejamos de hacer obedecen a una dinámica de dar y recibir. La más simple de nuestras acciones, está diseñada para ser correspondida de alguna manera por los demás. Resulta que el perdón no funciona así. Pretende escapar este círculo de reciprocidad implícita en el actuar humano. Atiende al verdadero significado de regalo, de don. (Digo verdadero porque inclusive dar un regalo asume una respuesta, mínimo unas gracias, o una sonrisa). La dificultad de perdonar es que es un acto completamente incondicional; se da y se dio, sin más.

 

Las reglas del juego se van complicando cada vez más. Darse cuenta de las cláusulas ocultas de esta dinámica es fundamental. Ahondando en las dos características presentadas, la pregunta subsecuente es tan sólo natural, ¿para qué perdonamos? Mientras sobran razones para pedir perdón, razones para darlo, parece ser, hay muy pocas. Me atrevería decir que sólo una. Me explico…

 

Hemos dicho que el ofendido ahora tiene el balón. La ofensa está hecha, ahora tiene que responder el ofendido, analicemos las opciones: se puede optar por una actitud de indiferencia, resentimiento, tal vez venganza, o bien, puede perdonar. La primera opción es tan aburrida como para tan siquiera dirigirnos a ella. Por otro lado, la respuesta más común, por no decir sencilla y a la vez estúpida es optar por resentimiento. No encuentro ninguna diferencia entre resentirse y el siguiente escenario: el ofensor prepara un veneno, lo deja sobre la mesa y tú te lo tomas. Al ofensor lo tendrá sin cuidado, mientras las consecuencias y secuelas se cuecen en ti. Tercero, optar por un escenario vengativo es mucho más sofisticado y representa la principal competencia para el perdón. Después de una ofensa, los instintos más primitivos de la persona la llevan a maquinar todo tipo de venganza. Siempre que pienso en esto, viene a mi mente el dilema contenido en El Conde de Montecristo. Para quienes hayan leído esta pieza magnifica de literatura, además de felicitarlos, los invito a recordar una de las jugadas más sucias en la historia de la literatura: Montego, quien se decía mejor amigo de Dantes, lo acusa de traidor, lo manda a encarcelar con cadena perpetua y, encima, se casa con su prometida. Elijan bien a sus amigos. Una vez que Dantes escapa de la prisión, por supuesto que pasan por su cabeza dos o tres planes vengativos contra su supuesto amigo de la infancia. Ante una circunstancia como esta, un acontecimiento personal grave y serio, o cualquier otra anécdota de a pie que podamos tener, es tan sólo humano contemplar la venganza como la única opción que puede satisfacer el hambre de justicia que nos carcome por dentro. El dilema ético se agudiza cada vez más. Revestir la venganza con el velo de la justicia y pretenderlos sinónimos es el primer error del vengador. Aunque no ahondaremos propiamente en el tema de la venganza, dada la natural complejidad del fenómeno y su estrecha relación con la justicia, apuntaremos dos premisas fundamentales: la venganza no logra satisfacer al ofendido, puesto que difícilmente se recuperará lo perdido o lo dañado. (Aplica distinto para temas cuantitativos y la retribución, tema que no nos compete por el momento). Y, por último, escenarios deseables difícilmente vienen con los efectos de la venganza. Pensemos en la gran pieza cinematográfica que cae como regalo a la humanidad en el 2006, John Tucker must die. Payback puede saber bien, tan sólo un rato.

 

El perdón en el extremo opuesto de las pasadas opciones ante una ofensa moral, puesto que se perdona por un motivo: se reconoce al ofensor como más que su mala acción, y en ese sentido, lo libera de la cuenta de la culpa. Liberar de la cuenta de la culpa al ofensor es la única motivación que sustenta a un perdón incondicional, unidireccional y genuino. El perdón no pretende olvidar lo sucedido, no es ingenuidad lo que hay detrás, sino, una firme convicción de ver el pasado con otros ojos. Es tomar la ofensa de frente, sin minimizarla y aceptar firmemente que esa persona vale más que ese acto desviado del cual he sido víctima.

 

Por último, vale la pena meditar acerca de la propuesta que pone sobre la mesa el filósofo Jacques Derrida acerca del perdón: Sólo se puede perdonar lo imperdonable. Es decir, sólo aquello que considero imperdonable… sólo aquello es digno de mi perdón. Si considero que mentir es perdonable, en realidad, no lo considero una falta como tal. Dijimos al principio que la única condición para que exista el perdón es que haya una falta. Entonces, si para mí la difamación es algo que jamás perdonaría, entonces, hemos encontrado aquella falta que se puede decir digna de mi perdón. Perdonar lo que me parece perdonable, es, en última instancia, una falacia.

 

Entonces, eso es perdonar, asumir que las personas que nos lastiman valen y son más que esa acción errada de la cual fui víctima; es otorgar el perdón sin la necesidad de presentar una serie de condiciones al ofensor; es tener la firme convicción de ver el pasado con otros ojos, de modo que se pueda construir un futuro próspero; es liberar al otro de la cuenta de la culpa y quitarle el peso que lleva encima -en caso de que se encuentre arrepentido-, porque, en realidad, ese peso, sólo se lo puedo quitar yo como ofendido. Como dice Ricœur, el perdón es un acto que viene de la familia del amor, y también, de la locura. Por lo tanto, es el acto de amor más loco del que el ser humano es capaz.

___________________

Ilustración del texto aquí.

___________________