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Ser mujer en la ficción mexicana

Crítica

Ana Marina Ortiz Baker

He observado que en nuestro imaginario colectivo mexicano, por así decirlo, las mujeres tenemos 2 opciones: o ser puta, o ser virgen. Hay muchas manifestaciones artísticas y discursivas que lo demuestran.


             Les pido un poco de su tiempo y oído antes de que me salten encima diciendo “No es cierto”; quiero aclarar que de ninguna manera apruebo esta dualidad y reconozco que es evidente que la realidad, eso que vivimos, desmiente todo el tiempo dicha imagen. ¿Entonces de dónde viene, y qué relación tiene todavía con nuestra actualidad?


             Voy a exponer tres ejemplos de esta dualidad y ustedes formarán su propio juicio de mi discurso. La primera vez que encontré esta idea de la dualidad femenina fue en “El laberinto de la soledad”, de Octavio Paz, lo leí en la universidad, y él explica como la mujer: es traicionera, como la Malinche, o es pura y sumisa como la Virgen. Sus argumentos son muy extensos y tocan otros temas que no los voy a mencionar aquí, lo que quiero es señalar es como Paz identificó y describió estas dos figuras. No me parece que él se las haya inventado del todo, antes de mostrar otros ejemplos, quiero compartirles dos citas:


             Es curioso advertir que la imagen de la "mala mujer" casi siempre se presenta acompañada de la idea de actividad. A la inversa de la "abnegada madre", de la "novia que espera" y del ídolo hermético, seres estáticos, la "mala" va y viene, busca a los hombres, los abandona. Por un mecanismo análogo al descrito más arriba, su extrema movilidad la vuelve invulnerable. Actividad e impudicia se alían en ella y acaban por petrificar su alma. La "mala" es dura, impía, independiente, como el "macho". Por caminos distintos, ella también trasciende su fisiología y se cierra al mundo.


             Aquí es claro como se identifican dos topos de mujer: la buena, que es estática y sometida al hombre, y la mala que es activa, libre e impura. También quiero compartirles la frase que me provocó ganas de aventar el libro cuando lo leí:

             

             El "rajado" es de poco fiar, un traidor o un hombre de dudosa fidelidad, que cuenta los secretos y es incapaz de afrontar los peligros como se debe. Las mujeres son seres inferiores porque, al entregarse, se abren. Su inferioridad es constitucional y radica en su sexo, en su "rajada" herida que jamás cicatriza.


             Bueno.

             

           Continúo con mis ejemplos. Supongo que cargué con este argumento porque, en efecto, me molestó. Y me hizo recordar esas experiencias en mi secundaria donde se rechazaba y reprobaba cualquier acción que fuera demasiado “impura”: fajar con un chico que no fuera tu novio, tomar mucho, decir groserías, andar “saltando” de chico en chico… ese tipo de cosas. Se buscó inculcar, mejor, que fuéramos prudentes, no provocar a los chicos (porque, al parecer, no van a tener auto-control ni respeto), decirles que no (porque, al parecer, es nuestro trabajo resistir el deseo propio y ajeno, Paz también habla de eso).


             Años después, ya graduada, leí las Redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz. Y me encontré con este dilema una vez más.


El poema es un reclamo a los hombres por su actitud y su actuar contradictorio. Quieren que las mujeres abran las piernas, pero que no lo hagan porque entonces no deben ser impuras; que luchen por protegerse, pero ellos luchan para que aflojen. Quieren a dos tipos de mujeres y después desprecian cualquiera de las dos. Cito tres estrofas, omitiendo la mayoría:

 

 Queréis, con presunción necia,

 hallar a la que buscáis,

para pretendida, Thais,
 y en la posesión, Lucrecia.

Con el favor y desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.


Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.

             Esta lectura la hice junto con 2 estudiantes del Club de lectura que tengo en la escuela donde trabajo; durante nuestra conversación, de forma natural, me di cuenta que esta idea estaba presente en nuestra actualidad, y recordé un video que todos pueden disfrutar en Youtube, e invito a que lo vean para reírse un rato, se llama: “Todas las cachetadas en la Usurpadora”.


             Las protagonistas son un claro ejemplo de esos “dos tipos” de mujer: una de las gemelas es bondadosa y servicial, y resiste los avances de los hombres, y la otra es promiscua, infiel y sensual. Hubo varias escenas que también hablan de esta “insistencia”, este abuso de los hombres para que las mujeres los satisfagan, que Sor Juana también menciona.


             Aquí terminan mis ejemplos (pero puedo seguir por horas, hablando sobre nuestras nociones de “niñas bien vs niñas mal”, la música, la publicidad…).


             Les comparto esta reflexión porque me pregunto: este discurso viene de nuestra cultura ¿qué tanto nos sigue afectando? Yo sé que la realidad es más plural y compleja, pero ¿Qué tan real sigue siendo, en nuestro imaginario colectivo, estas figuras? ¿Y qué tanto nos permitimos como sociedad y como mujeres evitar, y salir de tales reducciones?


             Este discurso tiene casi 400 años. Reconozco que, como sociedad, hemos mejorado y ya podemos estudiar y tener una carrera, y decidir si no queremos ser madres; pero si una idea que ha podido sobrevivir cientos de años, pienso que debemos seguir trabajando nuestro nivel de consciencia y cómo trabajamos activamente por no repetir patrones viejos, injustos e innecesarios.

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Ana Marina Ortiz Baker. 23 de septiembre de 1993, Monterrey. Licenciada en Letras de la Universidad de Monterrey. Le gustan mucho las obras de J.R.R. Tolkien. Siempre sueña con estar en otra parte. Es miembro del grupo de creación literaria Los Marquesitos.