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Memorias de un apóstata

Cuento

Diego G de la G

Recuerdo vivamente la primera vez que contemplé el suicidio. En aquellos tiempos, mis días no eran otra cosa más que un persistente temblor. Cualquier actividad que procurara consumar era acompañada por un parásito: una implacable presión en el pecho, semejándose a la presión que aflige a uno en los momentos que preceden al goce de una montaña rusa, aunque sin esperanza de goce. Las películas, los libros, el alcohol, o lo que sea que normalmente usan las almas buenas para fugarse de la realidad no eran suficientes para mí: siempre interrumpía lo que estaba haciendo por ese temblor perenne. Incluso cuando ejercitaba: hacía siete flexiones, descendía por octava vez hasta que mi pecho rozaba el suelo y, en mi conato por alzarme nuevamente, mis codos bailaban sin ritmo hasta que se rendían y yo me estrellaba contra el concreto con ganas de vomitar. Y no por una posible debilidad en mis músculos, sino por mi debilidad mental. Nada, en serio, me entretenía.

          Y cuando iba a casa de Inés, más por la costumbre que por ganas de verla, no prestaba atención a nada de lo que me refería; ella era una amante del arte, apasionada a la literatura, una devoradora nata de libros, pareja ideal para un romántico; por eso, tal vez, me conflictuó tanto el tener que dejarla. Leía ella, en promedio, dos libros por semana (dependiendo, claro, de la extensión del libro) de una multiplicidad importante en tipos y temas. Era algo ceremonial el que ella, al ultimar un libro, se sentase sobre el sofá de su sala con las piernas cruzadas, el pelo recogido, cigarro en mano y me diese una reflexión propia de lo leído; mientras hablaba, yo cerraba los ojos como meditando su sermón inextricable, pero, en realidad, me veía inmerso en la imagen de Pablo de Tarso. Cada segundo con Inés era una tortura, pero, al mismo tiempo, dado que se trataba de Inés, era un deleite. Era sentirse vivo, pero con ganas de morir. Era, en ocasiones, un sol en un día nublado y, en otras, una nube en un día soleado. Estar con ella era como gozar de un helado en un día de invierno.

          Y luego, cuando me empezaba a besar, yo no la besuqueaba de regreso. ¿Cómo hacerle eso a Cristo? Y, nuevamente, cerraba los ojos como si estuviese disfrutando sus caricias cuando, en realidad, estaba sumergido observando la imagen de Pablo mientras aprobaba la lapidación de Esteban, el protomártir. No era hasta que Inés emprendía la aventura de besarme el cuello que abandonaba los pensamientos que me abrumaban y le devolvía los besos con ardor, como con delirio de amor.

          La primera persona a quien osé revelarle lo que se atizaba en mi interior fue mi madre. Ella, inmediatamente después de haber finalizado yo mi súplica de auxilio, me reprendió por no haber hecho caso al llamado de Dios con anterioridad y me exhortó, con actitud apremiante e inexorable, que dejase a Inés y a todo lo que alguna vez soñé de niño y que me incorporase al seminario, que le fuera fiel a mi vocación, porque, de lo contrario, ardería mi alma en el infierno.

          No me atrevía. Entregar toda mi vida a Alguien que no conocía (si se tolera la literalidad de la palabra) me resultaba algo instintivo e irracional. Hombre de poca fe; ansiaba insolentarme, pero me producía miedo la insolencia misma. Necesitaba una señal. Si a Pablo le fue otorgada, y Dios es justo, esperaba que me fuera otorgada a mí también. Fue pocos días después de haberle confesado a mi madre la zozobra que me desasosegaba cuando encontré entre las hojas de un ejemplar de El Idiota una reflexión de mi difunto padre sobre la célebre frase: “La belleza salvará el mundo.” Ignoro ahora el contenido de la reflexión, pero fue tal su trascendencia y profundidad que un par de horas más tarde me hallaba resoluto en casa de Inés arguyendo en pro del fin de la relación.

          Estaba convencido de que, por haberme envalentonado a raíz de la reflexión que hallé (que yo percibí como señal de Dios) y seguido el deseo de Dios, los temblores cesarían y de que la contemplación del suicidio que alguna vez sufrí sería cosa ya del pasado.

    

          Viví tres años en el seminario y, en esta época de mi vida, nada supe de Inés. En ocasiones extrañaba sus besos y, cuando lo hacía, oraba una Ave María para alejar la tentación.

          Así viví, libre de temblores, pleno, con grandes amistades, como gozando de un helado en un día de verano; sin embargo, mi capacidad de someter todo a la razón me privó de tener una fe ciega en Dios. Jamás comprendí, por ejemplo, por qué habría de ajustarme a las reglas del seminario: si el mayor regalo de Dios al hombre es la libertad, ¿quién es el hombre para despojarme de ella? Varias veces, de hecho, me vi obligado a acudir a la oficina del rector, por petición suya, para poder reprenderme por mi poca disposición con las obras caritativas que otros seminaristas organizaban. Como si cuidar a un enfermo o darle de comer al hambriento fueran acciones que cambian el mundo. Siempre eludía tales actividades con una variedad de excusas que, con el tiempo, se hizo menos variada, aunque nunca se agotó. Así, las dudas que tenía sobre mi fe fueron creciendo lentamente (no crecían de manera rápida por el temor a arder en el infierno al perder la fe), hasta que llegué a la conclusión de que el sacerdocio, en realidad, no era para mí, y que la señal que recibí en aquella reflexión entre las hojas de El Idiota no era una señal, sino una simple coincidencia.

          Abandoné el seminario por acuerdo mutuo entre el rector y yo. Temía que los temblores volvieran, y, por un tiempo, no lo hicieron.

          Me asemejé a Trotsky, un amigo del Bachillerato que a los catorce años era un católico devoto y, para los quince ya era un ateo radical arengando a las masas para que abriesen los ojos. Debido a mí, la convivencia armoniosa en casa era utópica: cada comida consistía en una acalorada discusión entre mi madre y yo sobre Dios y la mediocridad intelectual que, a mi modo de ver, significaba creer en él.

          No fue hasta que vi a Inés caminando por la acera tomada de la mano de cierto individuo que los temblores volvieron. Volví a contemplar el suicidio.

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Ilustración del cuento aquí.

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Diego G de la G (Monterrey, N.L. 1998). Ha sido escritor de algunos cuentos, poemas y guiones para cortometrajes y coescritor de una obra musical, cuya banda sonora fue compuesta por él mismo. Actualmente cursa el segundo semestre de la carrera Filosofía y Periodismo en la Universidad de Navarra.