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Las puertas de la experiencia

Reflexión

Victor Gutiérrez

            Cuando el hombre de a pie se interesa por el ejercicio de las letras, lo primero que advierte es la necesidad de la lectura, sin cuya guía resulta imposible acometer cualquier empresa literaria. Lo segundo que nota es que, ante el apabullante universo libresco que se alza frente a sus ojos, dos puertas, que a la vez son pilares de ese cosmos infinito, constituyen la entrada. Cierto es que muchas otras posibilidades para acceder pueden hallarse en las inmediaciones, quizá más sencillas, quizá menos amenazantes, quizá también más amables y menos fieras; sin embargo, no las habrá mejores. Esas dos puertas son, por supuesto, las obras de Shakespeare y Cervantes.


            Sin el demérito que los académicos han tenido a bien promover desde la cátedra en contra de otros autores y tradiciones, no falla quien considera que entre las páginas de estos dos gigantes se encierra la clave para comprender la experiencia humana desde su más auténtica manifestación. Y es que, aunque no se trata de los primeros hombres en coger la pluma y poblar los pliegos de incontables voces, risas, cánticos y llantos, son quizá los más conspicuos ejemplos de lo que significa escribir la vida, sin matices, desnuda, plena, tan trágica como festiva, con sus glorias y miserias, sin que pueda mediar escrúpulo de nacionalidad, religión o época.


            Contemporáneos, Miguel de Cervantes y William Shakespeare, aunque nunca se conocieron en persona, construyeron juntos, con sus letras, un edificio que hoy nos sigue albergando, un mito que no ha dejado de sustentarnos, un discurso que aún guía nuestras
narrativas: la esencia de lo que somos. El primero, soldado, prisionero en Argel y en su propia patria, menesteroso hasta el día de su muerte, alimentado de las ansias de libertad conquistó el Parnaso gracias al incansable brazo de su ingenioso hidalgo y la fiel compañía de su escudero. El segundo, comerciante y dramaturgo profesional, favorecido por la fortuna, supo cautivar lo mismo al vulgo que a la realeza con su habilidad para recontar historias que desde siempre han apelado a lo más profundo de nuestra sensibilidad.

 

No faltará quien, de buenas o de malas, se escandalice por estas proposiciones y aún las tache de reduccionismo conservador. Y, sin embargo, nada habría más atinado que responder que, a la fecha, sin importar las distancias tecnológicas, las doctrinas económicas ni las modas sociales, sus obras nos siguen configurando.

            Piénsese, por ejemplo, en don Quijote, cuya figura se ha reproducido incontables ocasiones en las más variadas circunstancias; no solamente encarna el idealismo —lugar común que la crítica no se ha molestado en remover o, al menos, adecuar— representa también la voluntad y la determinación humanas. Si es la locura el motor que lo conduce a enristrar la lanza —porque ciertamente hay que estar loco para actuar en un mundo que cada vez insiste con más ahínco en condenarnos al ostracismo y el activismo de sillón— y arremeter contra los molinos, los mercaderes o un desperdigado rebaño, es precisamente la fuerza de su voluntad la que lo levanta tras las caídas y palizas, es decir, si no fuese por esa misma voluntad que lo saca del pasivo universo de los libros de caballerías para transformar la realidad que oprime sus días y los de sus congéneres, no llegaría nunca a tocar las vidas de los distintos personajes que conoce en su indefinido peregrinaje (la pastora Marcela, el caballero del verde gabán, los duques, el bachiller Sansón Carrasco…) y que constituye en sí mismo el núcleo de sus hazañas.


            El célebre caballero de la triste figura no es un héroe —al menos, no como el Romanticismo se encargará de aderezar para que cuadre con sus ideales—, sino un hombre vivo, real, con virtudes y flaquezas, un espíritu incapaz de abandonar sus aspiraciones de justicia, honor y fe, porque esas mismas son el sustento y el sentido de su existencia. Hoy, cuando alrededor de la empatía se han construido discursos tan incoherentes que parecieran detracciones, pero supuestamente son encomios, ¿no estamos representados en el loco que abandona los valores promovidos por la moda para aferrarse a los que no solo concibe buenos, sino que son capaces de bientransformar su alrededor? Esto por no hablar, asimismo, de Sancho Panza o de Dulcinea, que de la misma manera nos complementan y construyen, por ejemplo, en los agudamente exquisitos donaires escuderiles o la elusividad casi onírica propia de los encantados de la cueva de Montesinos.


Por otra parte, tenemos al trágico Hamlet, icono del teatro isabelino. Loco por elección —como Oliveira en Rayuela— y más astuto que fuerte —semejante en esto al clásico Odiseo—es un espíritu agobiado por la injusticia. A pesar de su aparente incapacidad para vengar la muerte de su padre, instigado por el ánima de este será capaz de renunciar a los regalos de Ofelia y a la compañía de sus amigos con tal de dar castigo ejemplar al usurpador del trono. Nuevamente estamos ante una vida que no puede refugiarse en la pasividad ni la indiferencia, estandartes que en la actualidad ondean por doquier, incluso donde se supone que se actúa con denuedo; nuevamente estamos ante un loco, aunque fingido, que debe nadar contra la corriente y que es capaz de perecer a causa de un ideal justo. ¿No están presentes en ese Hamlet sufriente los familiares de desaparecidos, de presos políticos, de víctimas del crimen y la impunidad? ¿No es su locura la del defensor de los derechos humanos, la del filántropo, la del maestro rural?


            Otros ejemplos pueden citarse, pero sería un esfuerzo estéril, ya que para genuinamente entender la manera en que la letras de Cervantes y de Shakespeare no solo han sintetizado acertadamente la experiencia de la humanidad, sino que en la actualidad nos ayudan en el constante proceso de autocompleción que es nuestro diario vivir, conviene leerlas directamente. Cualquier obra engendrada por estos nobles ingenios solo puede cumplir su cometido cuando nos dejamos seducir por ella, uno a uno, sin tercerías. Ya sea porque se quiere ejercer el oficio de escritor o porque se tiene algún rato de agradable ocio, llamar a estas puertas es y será siempre el mayor acierto.

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Víctor Miguel Gutiérrez Pérez (Pachuca de Soto, Hgo., 1987) es licenciado en Letras Españolas y doctor en Estudios Humanísticos por el Tecnológico de Monterrey, institución en la que labora desde 2015 impartiendo clases de análisis y expresión verbal, fundamentos de la escritura, letras medievales y estudios de los mitos. Ha gestionado eventos culturales en Ciudad Guadalupe, N.L. Su trabajo académico, centrado en la literatura aurisecular, ha aparecido en revistas como Hipogrifo y RILCE, mientras que sus narraciones, ensayos y poemas se han publicado en diversos foros, entre los que destacan Letras Raras, Pillaje Cibernético y Literótica.