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La pregunta del millón

Reflexión

Julio Mejía III

Las primeras lecturas, aunadas a las insípidas enseñanzas escolares, nos dan una certeza que juzgamos inquebrantable, pero cuyo fundamento es tan sólido como gelatina. Leemos un poco más (por curiosidad, por obligación, por accidente) y nos topamos con un texto que desafía nuestras convicciones. Y hay dos alternativas: o rechazamos el texto transgresor, o cuestionamos nuestra certeza y buscamos una nueva definición. Finalmente formulamos la pregunta incómoda: ¿Qué es poesía?

 

Tarea difícil. Aunque tiene la misma forma, no se puede responder con la misma facilidad que la siguiente pregunta: ¿Qué es una silla? Aunque puede haber ligerísimas variaciones, todos coincidimos en que una silla es donde van las posaderas. Las patas y el respaldo también son elementos recurrentes, pero es posible imaginar una silla (como la de montar) sin ellos. Pese a las diferencias, hay un aire de familia innegable entre la silla de ruedas, la silla eléctrica y la mecedora. La poesía, lamentablemente, no existe de la misma manera. No hay nada en el mundo físico que sea “la” poesía. Mientras que a la silla podemos comprenderla con las nalgas, a la poesía hay que buscarla en derroteros menos cómodos.

 

En la tradición hispánica, la pregunta por la esencia de la poesía nos remite inmediatamente a un texto de Gustavo Adolfo Bécquer: la infame rima XXI:

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

 

Hago algunas aclaraciones, no por desconfianza en la perspicacia del lector, sino en la mía: primero, que las pupilas son, por norma general (al menos en los humanos), negras; segundo, que la respuesta debe entenderse como una analogía: un dedo que apunta. No nos fijemos en el dedo (el o la interlocutora en el texto), sino en aquello a lo que apunta: un ideal de belleza (representado por los ojos azules) y una carga emocional que se detona con la mirada y hace suspirar con puntos suspensivos... De tal manera, “poesía” no es Fulano o Mengana, sino el sentimiento que nace al contemplar algo bello. Pero ojo: esta es la idea de Gustavo Adolfo Bécquer, y precisa de las palabras exactas que él usó. En mi interpretación se pierde lo fundamental: el color, los personajes, la situación. Para poder expresar lo que es poesía, Bécquer necesitó valerse de estos elementos. Postular una definición abstracta equivaldría a explicar lo que es una silla a alguien (puede ser un alienígena) que ni ha visto una silla ni puede sentarse. Es, citando a Sor Juana, “una necia diligencia errada”.

 

Hay infinidad de ensayos e investigaciones sobre poesía. Pues bien: la respuesta nunca se encontrará allí, sino en los poemas a los que dichos ensayos se refieren. Cuando Martin Heidegger dictó la conferencia “Hölderlin y la esencia de la poesía”, no ofrecía una respuesta definitiva al problema de la poesía, sino que nos invitaba (y nos sigue invitando) a adentrarnos en la obra del poeta que más lo entusiasmó.

 

Lo que me lleva al poeta norteamericano Wallace Stevens, quien escribe el verso más esclarecedor en lo que se refiere a la búsqueda que nos atañe: “poetry is the subject of the poem”. En castellano se leería algo así como “la poesía es el tema del poema”. De estas siete palabras desprendo tres ideas: que existe una diferencia entre la poesía y el poema; que la poesía es un contenido y el poema un continente; y que de la poesía sólo es posible hablar poéticamente. La distinción entre poema y poesía no es tan obvia como a algunos parece: en nuestros usos lingüísticos, hay quienes intercambian la palabra “poema” con “poesía” (verbigracia: escribí o leí “una poesía”), precisamente por esa estrecha relación de contenido y continente (la misma relación entre un líquido y una botella o un vaso: aunque se dice “botella de agua”, la botella no está hecha de agua). Aunque la definición de “poema” también es problemática, provisionalmente entendámoslo como un texto (conjunto codificado de signos, verbales o de otro tipo) que tiene una finalidad predominantemente estética (que aspira a estimular los sentidos externos e internos). De allí que haya poemas musicales, para agradar al oído; o poemas donde predominan las recreaciones visuales a través de la palabra, que incitan a la imaginación; o poemas en donde tienen primacía las ideas y los sentimientos; o poemas que combinen estas búsquedas, o que realizan otras.

 

Hay algo de contundente en el verso de Stevens. Al decir “poetry is the subject of the poem”, parece afirmar que el contenido de todo poema es la poesía, independientemente de que se aborde la esencia de la poesía explícitamente (como en el poema de Bécquer) o no. De manera que aunque el objeto de un poema sea una flor, una parvada de aves o un electrodoméstico, en las particularidades de la expresión (la forma y el tono, por ejemplo) está implícito el ideal poético del autor. Para algunos la poesía está ligada a la emoción (o, más propiamente, a ciertas emociones), para otros será una actitud ante la belleza, o una manera muy particular de concebir el lenguaje. Dicho en otras palabras, poesía no es aquello que diga el poema, sino aquello que logra ser en el poema.

 

En su discurso de recepción del Premio Nobel, la poeta polaca Wislawa Szymborska habla de la importancia de dos palabras: “no sé”. Estas palabras son el motor de la curiosidad, y son responsables, por ejemplo, de la ley de la gravitación universal. A propósito del poeta, Szymborska dice:

Un poeta, si es un verdadero poeta, debe repetirse también: “yo no sé”. En cada nuevo poema él trata de contestar, pero a cada punto final una nueva duda lo invade, una nueva pregunta, y la convicción de que se trata una vez más de una respuesta provisional e insuficiente. Entonces él vuelve a empezar una vez más, hasta que un día los doctores en letras ponen en un enorme clip todas las pruebas de su insatisfacción y le llaman “su obra”.

 

Cada poema viene a ser, entonces, una respuesta provisional y desechada. La historia de la poesía es en realidad la historia de la búsqueda (o la invención) de la poesía. Me remito a un poema de Eduardo Lizalde:

 

Todo poema

es su propio borrador.

El poema es sólo un gesto,

un gesto que revela lo que

no alcanza a expresar.

Los poemas

de perfectísima factura,

los más grandes,

son exclusivamente

un manotazo afortunado.

Todo poema es infinito.

Todo poema es el génesis.

Todo poema nuevo

memoriza el futuro.

Todo poema está empezando.

 

Innúmeras páginas se han escrito y se seguirán escribiendo al respecto. No me extiendo innecesariamente, porque ninguna definición es posible. Hago paráfrasis de Lizalde para concluir: la poesía es algo que siempre está por nacer.

 

 

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Ilustración del texto aquí.

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Julio Mejía III (Torreón, 1990) es poeta. Coordina el taller de creación literaria de Difusión Cultural UDEM. Becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 2016. Coautor, junto Míkel F. Deltoya, de Espasmo: Muestra de poetas de Monterrey nacidos entre 1986-1997 (UANL, 2016).