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La mesa de piedra

Cuento

Néstor Buendía

Ante el avance irreprimible que ha tenido la goma artificial, los chicleros de Yucatán han diversificado su trabajo y hace unos años empezaron a traficar con fósiles. El INAH impuso sanciones y hasta la ONU emitió un comunicado en 2016 pero nadie les ha hecho mucho caso.  Cuando se popularizó la hipótesis de que los dinosaurios se extinguieron por las consecuencias del impacto de aquel meteorito en Yucatán, a don Bibiano X’cal se le ocurrió pensar que tendría que haber restos de dinosaurio en la región. X’cal era el chamán de Bokobá, a una hora de Mérida, y a él lo conocí porque una vez renté por Airbnb la hacienda henequenera que está junto al pueblo.

Yo acababa de comprar mi primer iPhone y estaba trastornado con la posibilidad de tener una grabadora integrada. Así que grabé la visita, más porque yo quería postear sus conversaciones en maya que por otra cosa, y porque ya me habían contado que el señor era un cuentacuentos nato. Me voy a limitar a transcribir lo que me dijo don Bibiano ese día.

“Cuando escampó, salimos de debajo del árbol donde ’tábamos guarecidos. No ’tábamos perdidos pero sí desorientados. Mientras buscábamos la estaquitas nissan, Leoncio no vio la raíz de un árbol que se había botado del suelo y tropezó hasta que azotó la res. ¡Madres, compadre!, me burlé yo. Bibi, bibi, bíbitesta, cabrón, me contestó desde el suelo mi compadre. Yo solté la carcajada pero Leoncio se quedó muy serio. ¿Qué fue, compadre? Tirado sobre el lodazal, mi compadre Leoncio limpiaba algo con la mano. Creo que aquí hay algo, Bibi Bibiribiano. Cáyese los ojos, compadre, ¿qué fue?

Leoncio me miró con los ojos lo más pícaros que pudo poner y luego los cerró, mientras se echaba vaho en las uñas y se las pulía en la camisa. Aquí hay fósiles. Ah, cabrón. Entonces sí me lancé al suelo para ver de qué se trataba. Eran muchas conchitas y caracolitos incrustados en el suelo. Órale, a darle. Vamos a ver, pues.

Después de un ratote nos levantamos del suelo para limpiarnos el sudor de la frente, tallarnos los ojos de la sorpresa que teníamos enfrente y para darnos palmadas de felicitación en las espaldas. Bien visto ahí, compadre, me acuerdo que le dije.

No eran dinosaurios pero al menos serán fósiles. El problema era que, aunque fueran cientos, eran minusculitos y estaban insertos en una roca plana y así como alargada. Ah, su mecha, dije. Y se me salió un gas del esfuerzo. Pero no la pudimos mover ni un milímetro. Aguas con la hernia, Bibibibiano, y Leoncio se echó a reír. Cáyese o me le pedorreo en la nariz, compadre. Total que entre broma y broma pensamos cómo resolver ese otro pedo de trasladar la roca con los fósiles.

Regresamos al día siguiente con un buen grupo de mayitas que nos ayudaron a cargarla. Venía mi hijo Cipriano con sus amigos y mi sobrino Melquiades también con sus hijos. No fue fácil pero después de una media hora, la roca de unos 250 kilos ya iba camino a Mérida. 

 

Leoncio estaba feliz. Pensaba que con el dinero podría comprarse un nuevo televisor, de esos que había visto en el Coppel de Motul. Yo más bien iba preocupado de que nos fuera a alcanzar siquiera para la gasolina porque la pinche piedrota estaba repesada y la gasolina también se había puesto repesada de pagar.

Y pues así fue. Allá en Mérida, don José Inés me dijo que ni hablar, que ni siquiera sabía cómo le iba a hacer para bajar la piedrota porque no había visto que afuera estaban mi hijo con sus amigos y mi sobrino Melquiades con sus hijos. Ya que le conté me dijo que bueno, que se la dejara pero que al menos le pusiera una base como mesa. Así que encarrerado le dije a Melquiades que se buscara unos buenos troncos, y así le hicimos. Mientras nosotros estábamos acá arrimados con la piedra y batallando, él armó las patas con unos tronquitos que encontró. Total que ahí batallamos pero al rato ya teníamos la mesa bien puesta y todo.

 

Y pues el tal don José Inés me dio dos mil pesitos. Suficiente para la gasolina y para el televisor de Leoncio y para el pasaje de Melquiades y mi hijo y toda su bola de gente hasta Izamal”.

En la grabación se oye que yo le pregunto algo pero no se alcanza a entender qué. Luego se oye que don Bibiano continúa: “Uy, sí, joven. La temporada del chicle dura nomás unos tres meses. No nos alcanza. Con esa piedra sacamos lo mismo que en todos esos meses, un poquito más todavía, si me apura.”

Al día siguiente, después de comer en la Chaya Maya, me encontré casi por casualidad ante la tienda de José Inés y me acordé de lo que me había contado don Bibiano. Entré. José Inés me dijo que todavía tenía la mesa de piedra, que había muchos interesados en comprarla pero que todavía no se decidían y que a él le urgía sacarla por cuestiones de inventario.

En Monterrey estamos todos acostumbrados a la piedra caliza, que es gris, con las que se fabrican los blocs y el cemento. Por eso, si pones a un regio en la península de Yucatán, lo primero que le va a llamar la atención es el color de la roca del suelo, que es beige. Así era la piedra: una losa trapezoidal como de un metro por lado. Dudé mucho en comprarla. Por un lado, no me gustaron las patas que le habían hecho aunque pensé que luego podía yo hacerle unas mejores; por otro lado, estaba yéndome a vivir fuera y en ese momento lo que necesitaba era deshacerme de muebles, no comprar más. Pero cuando me dijo que me la daba nomás por 3mil pesos, no lo dudé. Se la pagué de contado y le dije que yo me encargaría del transporte.

Me la llevaron a la bodega y ahí se quedó un tiempo. Cuando, después de todo un éxodo por varios depas, por fin compramos casa, entonces sí tuvo sentido ir a desembodegar todas las cosas que tenía guardadas. Apareció la mesa de piedra. Debo confesar que ya se me había olvidado.

Llegaron los de la mudanza, empacaron muy bien las cosas, se las llevaron y me hicieron firmar una bola de papeles de exportación para la aduana: que si son artículos usados, que si no los voy a vender, que si no hay bombas o explosivos, que si no hay paquetes con droga escondida. Una de las preguntas me hizo titubear: que si iba a exportar fósiles. Pensé mucho pero taché la cajita de NO, pensando en que eran tan pequeñitos los caracolitos que no se verían a través de ningún rayo x. La verdad es que, además, hacía falta fijarse de verdad para distinguirlos. Confié en que pasarían como simples irregularidades de la piedra.

Total que firmé todo y la piedra se fue en un diablito, luego en un camión, luego en una grúa y en un barco hacia mi nueva casa. Debía esperarla en unas 8 semanas. Por ahí de la semana 6 me llegó una notificación de que la mudanza ya había llegado a puerto y que estaría en unas dos semanas en mi casa. Pero a los seis o siete días me llegó un citatorio ante la representación local de aduanas.

Como en este país la ley sí sirve y se respeta, me pareció natural acudir al citatorio. Para mi sorpresa, el Estado me estaba demandando por la introducción de objetos prohibidos. La palabra (“fósil”) estaba entrecomillada y escrita entre paréntesis. Cuando quise objetar, el oficial me presentó otro documento: un análisis técnico donde se afirmaba que la pieza era el omóplato de un tricerátopo en estado de petrificación.

Entonces entendí por qué José Inés me vendió la pieza tan barata. Había querido deshacerse de ella lo antes posible. Mientras esperaba y como aún se me permitía usar el teléfono, lo gugleé. Había un caso judicial en su contra por tráfico de fósiles y antigüedades mayas. Estaba coludido con los chicleros mayas, quienes le facilitaban las piezas, y con las autoridades. Pero alguien lo había traicionado, y aunque había estado preso había salido bajo fianza.

Al final del texto había un video. Le piqué al triangulito para verlo. De pronto apareció Bibiano hablando: admitía haberle puesto una trampa al traficante entregándole un hueso de dinosaurio que parecía piedra y había dado aviso a las autoridades. Luego, la presentadora de noticias contaba que cuando la policía se presentó, con muchos días de retraso, la pieza ya no estaba en su local. La noticia era del mes anterior. Un banner me advirtió que podría interesarme otra noticia: “Asesinan a chicleros mayas”. Entré. Era Bibiano. José Inés se había vengado y lo había matado.

 

Decía la noticia: “Dos vecinos de Bokobá fueron asesinados. Leoncio Cab y Bibiano X’cal veían un partido de futbol en la casa del primero cuando un grupo de hombres encapuchados entraron a gritos en la casa, los ataron y los mataron a golpes… ¡con el televisor! Aunque las heridas eran mortales, fueron también estrangulados con el cable del mismo televisor, según indica el reporte de la autopsia. No hay indicios de quién pudo haber sido aunque una vecina asegura haber oído acento de Mérida. La policía federal atrajo el caso por encontrar fósiles en la vivienda”.

Cuando levanto la mirada, una mujer policía me mira fijamente. Tiene en sus manos ununiforme anaranjado, que me extiende. Me levanto y camino hacia mi nuevo destino.

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Ilustración del texto aquí.