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Juan de Dios Amador

Cuento

Uriel Méndez

Sobre sus orígenes hay muy poca información, pero todo cuanto se puede investigar sobre Juan de Dios Amador está aquí. El personal de la Basílica de Guadalupe afirma que una mañana de diciembre apareció sin ropa y sin memoria de quién era en la puerta del santuario. Tenía diez años. Era de complexión esbelta, moreno y de ojos marrones, y de una obediencia militar.

Hubo de recibir la bendición del bautismo para servir los santos oficios en la medida de sus posibilidades como sacristán, pues la parroquia ocupaba personal para las celebraciones del adviento, el día de la Virgen, Navidad, bodas y demás eventos que excedían las capacidades del templo. Aunque su nombre fue producto del impulso creativo del padre Flores, una epifanía se le manifestó el doce de diciembre.

La mente de Juan de Dios no concebía las maravillas que los peregrinos ofrecían para el altar de la Virgen de Guadalupe: arreglos florales ostentosos, oraciones que hacían eco en las cuadras aledañas a la iglesia, veladoras de todos los tamaños y todos los colores con imágenes de la sagrada Madre, de Jesús rodeado de niños, del Sagrado Corazón. Pero lo que hinchó su corazón y marcó un precedente en su infancia fueron las danzas de los matachines. Se entregaba en cuerpo y alma al son de las tarolas, el chancleteo de los huaraches, el coro de los fieles, la marabunta acomodada que rendía honor y gloria a la Madre de Dios. Pero lo que lo dejó más perplejo fue ese personaje intrépido, de vestimenta agresiva, que hacía de antagonista en el rito: el viejo de la danza.

Se dedicó a estudiar aquel misterioso rol. Leyó la Biblia tres veces intentando comprender su vocación: no encontró en las Escrituras referencia a tal personaje. Sin embargo, acentuó su devoción por la fiesta del doce de diciembre y la misericordia de Jesús por el hombre.

Tenía veintidós años cuando debutó en una peregrinación organizada por la Iglesia la Medalla de Oro. Recorrió dos kilómetros bajo el sol invernal de la ciudad. Ayunó, pero tenía energía de sobra. La euforia del público atizó su pasión. Al postrarse frente al altar reventó en llanto, satisfecho su espíritu por haber demostrado su fe y admiración hacia la Virgen.

El resto del año su disposición y energía no menguaban. Se hizo amigo íntimo de la comunidad y del personal, siendo un hombro donde llorar para las desconsoladas almas y un buen consejero para los temerosos de Dios, aunque a veces se le reprochaban ciertas opiniones amorales que contrariaron más de una vez al católico promedio.

Guiado siempre por la rectitud y la palabra de Dios, Juan de Dios Amador reconocía la virtud y pureza con la que la Iglesia obraba para el pueblo. Para él, la Casa de Dios era el faro guía de las almas pecaminosas. Sin embargo, una noche en que limpiaba los pasillos del recinto escuchó una conversación que lo cambió todo. Era el padre Flores con el arzobispo Francisco. Hablaban sobre números, sobre dinero, sobre usar el diezmo para un descanso divino. Cuando sintieron y repararon en que no estaban solos, le llamaron. Asustado pero firme los interpeló por manchar con su avaricia la vocación Divina. Y creyéndose protegido por la fe fue expulsado y tachado de hereje por profanar con mentiras la vocación de sus superiores.

Sufrió y lloró noches enteras ante el cruel castigo, absurdo para su limitada comprensión de la vida. ¿No había hecho lo correcto? De inmediato acudió ante la comunidad, pero la infraestructura arcaica de la Basílica se le adelantó. Fue desestimado y humillado por rumores que nada tenían de ciertos. La gente le tachó de enfermo mental, no así de rencoroso y ambicioso por no escalar más allá que de limpia-pisos.

El rechazo lo devastó. Quiso socorrerse en otras parroquias, pero en todas ya se le había etiquetado de fisgón y soplón. Solo en la Medalla de Oro se le recibió menos por misericordia que por lástima. Y el corazón se le agrió, y el rencor se arraigó en su alma. Pero solo hacia los hombres, no hacia aquello que él y ellos veneraban.

Su estado de salud se deterioró gravemente desde aquel triste episodio; si tenía cuarenta y tres, aparentaba cincuenta y ocho. Sobrevivía de las comidas que rara vez le daba uno que otro creyente. Tenía oculta una reserva de botellas de agua bendita, de las que agregaba un par de gotas a cuanto bebía. Pasó su adultez como vago inofensivo y viejo de la danza de la Medalla de Oro; jamás se perdió de visitar al menos una vez el hogar de la Virgen protegido con su máscara de las miradas y falsos juicios en su contra.

Por esto se volvió errático. Tenía episodios violentos y soñaba y deliraba con imágenes sagradas. Tenía visiones verosímiles de la Virgen llorando, herida por la corrupción que reinaba en el corazón de los seguidores de su Hijo. Con todo, lograba mantener la compostura durante las fiestas decembrinas.

Había cumplido cuarenta y cinco cuando una revelación, más impetuosa, más fantástica y embelesadora que el resto, lo soliviantó. En ella, el arzobispo Francisco y el padre Flores usaban mantas de oro y mitras bañadas en rubíes. Daban la homilía con obscenidades y señalando el marco que pende sobre el altar conjuraban contra la Madre. Fuego subía por las cuerdas que sostienen la pintura. Entonces asían el manto de Juan Diego, lo destazaban, y orinaban sobre él. Juan de Dios se sacudió anonadado, resquebrado por la verosimilitud del delirio. Fugaz, un instante de lucidez lo iluminó; pergeñó en un plan la voluntad de la Divina Providencia.

El día después de su delirio se celebraba la Virgen de Guadalupe. En la penumbra de la madrugada la ansiedad inquietaba su cuerpo. Antes de iniciar el recorrido bebió una botella de agua bendita, rezó dos Ave María y un Padre Nuestro, y dispuso su vida en manos del Señor. Procedió meticuloso, siguiendo su rol de viejo de la danza. El trayecto se tornó difuso. Sus compañeros adquirían matices salvajes conforme avanzaban. Los tambores agitaban su volátil latido. Los edificios y casas le parecieron ominosos e inestables. Volteó repetidas veces al cielo buscando refugio en las nubes, pero estaba despejado; creyó suscitar la ira de Dios y su determinación tembló. Pero la voluntad del corazón venció y encontró respiro en su fe: esta era la última prueba que Dios le ponía.

Las vicisitudes de la ciudad atrasaron la hora de llegada. Había oscurecido y en la Basílica las llamas de las veladoras iluminaban los repetidos rostros lánguidos y mustios de los concurrentes. Iniciaría otra misa cuando los matachines arribaban. Cuando dieron la seña de hincarse y respetar a la Madre, la pasión de Juan de Dios lo dominó. Corrió hacia el altar, trepándose por las cuerdas. Escaló hasta lo más alto del marco, y trató descolgarlo a fuerza de patadas y golpes. Ancianas gritaban despavoridas, algunos se persignaban horrorizados. En medio del calor el llanto de Juan de Dios quebraba el caos: “¡Le han fallado, le han fallado, infieles!”. En su histeria pateaba incesante el marco enorme de la Virgen, pero un movimiento en falso lo hizo caer nueve metros en caída libre, quebrando al instante su cráneo y espina dorsal en los azulejos blancos del suelo.

Días más tarde, en la Medalla de Oro se ofreció una misa de réquiem y una colecta para mandar a hacer un féretro personalizado, pero la colecta no alcanzó. En su lugar, la parroquia renovó con esos fondos el viejo confesionario. La Basílica dio una misa en su honor. Presidió el arzobispo, acompañado del obispo y algunos diáconos. La homilía fue una apología a la vida católica a través del ejemplo de Juan de Dios Amador, amado siervo de Nuestro Señor.

Un periódico pequeño y sensacionalista hizo un reportaje sobre su vida y tragedia, enfatizando los falsos efectos psicodélicos de tomar agua bendita mezclados con una fe desmesurada. Muchos de los datos en la nota son imprecisos o exagerados.  

 

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Ilustración del texto aquí.

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Lic. En Comercio Internacional (LIN’18) por la UDEM. Ganador de los certámenes literarios Palabras Que Cuentan VII (2015) y Red de Historias (2016). Publicado por la revista electrónica Palabrerías y por Regia Cartonera en la antología Huizapoles en los huaraches.