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Ese Silencio

Poema

Francia Perales

A LO LEJOS ESCUCHO HACIENDO ECO:

-VIRGINIA, VIRGINIA-

Tus alaridos cesan y veo que tu cuerpo tiembla.

Lenta, cariñosamente, me permites llevarte a la cama.

Mi voz es un susurro. Después me acerco a tu cama.

Tú te das la vuelta y me miras.

Susan Sellers

 

A veces parecemos más pequeños y apacibles,

como un pájaro muerto bajo el árbol encontrado entre la hierba.

Lo levanto, le acaricio su plumaje ambarino y su cabeza tiesa.

Le designo un sepulcro,

 

una tumba le coloco.

 

Ramitas secas y piedrecitas a su alrededor,

flores rosas y amarillas le pongo encima.

Me recuesto a su lado con una mejilla,  

reduciendo el silencio y aplastando la tierra.

 

Le observo.

 

Le contemplo sus ojos abiertos.

Nessa me grita y melancólica me abarca.

 

     A lo lejos sólo escucho haciendo eco:

-Virginia, Virginia-

LIAR LOS ROSTROS

No hay prisa. No hay necesidad de brillar.

No es necesario ser nadie salvo uno mismo.

Virginia Woolf

He dejado paralizadas las hojas de los manzanales,

he extendido mis pies que se alargan hasta pisar

los extremos del lecho para así, ya no hundirme.

 

Voy dilatando mi cuerpo al punto de quedar suspendida

encima del mundo y mi espíritu ahora puede desprenderse de mi cuerpo.

Había carecido de rostro por mucho tiempo,

me he dado cuenta que me han robado la identidad.

 

Buscaré otro rostro que me quede, buscaré y me pondré el que yo quiera,

el que yo desee y no el que otras personas me confieran.

Me he encontrado con una hiena, le he arrancado la cabeza y me la he puesto.

No me queda. He visto un caballo correr entre los mares,

le he de preguntar si es posible intercambiarle mi rostro de hiena.

Cambiamos de cabeza.

 

Me he puesto mi nueva cabeza y esta vez sí me queda.

 

Me he convertido en una yegua que relincha, que corre.

Con mi propio rostro y vestida de negro, mi respiración ya no se sentiría oprimida,

me sentiría más ligera, flotando como si fuese una lechuza liberada.

 

Ahora me han salido aletas.

 

Me voy dejando ver íntegramente por segundos,

me sofoco y me lanzo de un lado a otro por el crimen de mi emoción.

Todo dentro de mí parece haberse vuelto liviano,

y las plantas de mis pies vibran como si estallaran contra colisiones eléctricas.



 

MI MADRE PROVIENE DEL MAR

Algunas veces, he pensado que mi madre proviene del mar,

la he visto mirarlo como si el mar le debiera algo.

La he visto mirarlo en solitario, suspendida a la orilla contemplándolo,

sintiendo las aguas rozar sus pies, sus dedos.

 

Yo creo que mi madre proviene del mar,

desde las profundidades azules cristalinas,

desde las entrañas donde se forman los arrecifes,

desde el fondo donde brotan las praderas marinas.

 

A ella no le importa si el mar está picado con sus olas extasiadas,

olas que se dividen en pliegues como sábanas, esperando envolverla entre la salada arena que devela un manto de blanca espuma.

Olas que se elevan y se rompen como si fuera la respiración de una criatura dormida, aguardando a que ella le despierte del sueño inconsciente.

Ella se detiene frente a él, con el pecho erguido,

con los brazos plantados a cada lado,

reposando sus manos en sus amplias caderas.

La he visto dejar caer sus brazos –rendida–  a sus deseos de agua.

Yo, la veo jugar entre sus rocíos como una pequeña niña con la infancia robada, salta, se hinca, lo halaga,

se deja sumergir entre sus aguas.

 

Yo sé que mi madre lo extraña.

Nos ha pedido, desesperadamente,

traerle botecitos de arena cada que visitemos la playa.

Yo sé que mi madre lo extraña;

la he visto derramar lágrimas por sus aguas.

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