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El Quijote a huevo

Reflexión

Patricio Garza

Recuerdo que en segundo de primaria declararon una especie de mes del Quijote. Nos llevaban a la biblioteca varias veces por semana para lecturas y pláticas de la gran obra. También nos mostraron una caricatura o película que fue recibida con el aburrimiento unánime de mi salón. ¿Qué nos querían transmitir o por qué nos habría de importar esta historia de un caballero escrita hace cientos de años? Porque sí, porque es el Quijote y ya. ¡Siéntese!

Yo tenía ocho años y me gustaba leer: el año anterior había ganado el concurso de lectura gracias a La cucaracha comelona (que aún puedo recitar de memoria), de manera que no tenía problema con que me presentaran un libro. Cervantes no me despertaba la menor curiosidad y tampoco a la gente encargada de decirme que debería. Seguramente esta obra tan aburrida no tenía el alcance ni el valor estético de los libros que conformaban mi canon personal: Las golosinas secretas, Yoyo sin miedo, La peor señora del mundo, Un montón de bebés y otros títulos del FCE que disfrutaba mucho.

No entendí la importancia del libro ni de otros clásicos presentados de manera similar, aunque hacia quinto de primaria me interesé mucho por leer sobre mitología griega por unos textos en mi libro de inglés. Recuerdo que una tía me llevó a la librería y no tenía la menor idea de qué escoger: nadie me había hecho una recomendación. La literatura estaba dividida: los clásicos (que eran una imposición de la escuela) y los libros populares para gente de mi edad. Leí un libro de Harry Potter y otro de Narnia; me aburrí muchísimo. Mi razonamiento -y aquí no me aventuro a hablar por nadie más- era el siguiente: si estas historias sí me divierten en película, entonces es la lectura por la que no tengo mayor aprecio.

Me alejé de la lectura para perseguir mis otros gustos y consideraba que sí me gustaba leer, pero no lo hacía porque no había muchos libros que me interesaran. No fue hasta la segunda mitad de preparatoria que me reencontré con la literatura gracias a un maestro que nos transmitió su pasión por los clásicos grecolatinos y los autores del boom latinoamericano. Entonces descubrí que yo nunca había querido dejar de leer, pero no sabía qué libros me podrían gustar. Unos quince años después le preguntaba a mi hermano menor qué le habían encargado de tarea. Sacó de su mochila una edición infantil del Quijote. Obviando la inferioridad de una edición infantil, noté que mantenía algo esencial: el inicio memorable: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”.

En preparatoria me encargaron leer varios capítulos, acaso la obra completa. Desafortunadamente era tarea y si no habías terminado en el plazo asignado debías abandonar el capítulo para no atrasarte con el siguiente. Además, el contexto académico en el que se presentaba era la misma necedad: es importante porque es importante y tienes que leerla o al menos decir que la has leído. Incluso nuestro maestro, que era excelente y a quien insisto en atribuirle mi renovado entusiasmo por la lectura, no llegó a articular la importancia del Quijote de una manera que me convenciera.

Hacer a un niño entender la grandeza del Quijote es una empresa vana porque la obra real, completa, única, es muy difícil para ellos y tal vez de un humor muy sutil al tratar los absurdos. A un joven le es aún menos interesante porque tiene en su cabeza otras preocupaciones, anhelos verdaderamente quijotescos, quiméricos, que seguro recuerda el lector. Honestamente, no creo que yo sea capaz de desmenuzar por qué el Quijote no les llama la atención; solo puedo decir que a mí no lo hizo a esa edad y, evidentemente, tampoco a muchos otros. 

 

Está claro que la escuela no permite seguir el consejo afable de Borges, que se oponía a la lectura obligatoria: “si hay un libro tedioso para ustedes, no lo lean; ese libro no ha sido escrito para ustedes”. Muy bien, niño: reprobaste. Las batallas en el desierto -mi novela favorita- está en los programas de muchas escuelas a nivel de secundaria y preparatoria. Por un lado, me da mucho gusto que conozcan el libro; por otro, es una lástima que la lectura se vea condicionada por una calificación y los lectores estén presionados por fechas. Recordé un grupo de alumnos de preparatoria que tuve y quienes les encargué leer un par de cuentos de Horacio Quiroga, que no pareció interesarles en lo absoluto. No sé a qué edad ya no haya vuelta atrás. Tampoco tiene sentido descontinuar las lecturas obligatorias.

No tengo una propuesta innovadora para solucionar esto. ¿Cómo se puede amenizar una obligación? Realmente no veo otra manera que contagiar el gusto, y para eso se necesita un maestro genuinamente interesado en lo que enseña. Si los niños pueden disfrutar lecturas y adaptaciones adecuadas a su edad, quién sabe si los cuentos de A la orilla del viento los lleven a las fábulas de Esopo o La Fontaine, los cuentos de los hermanos Grimm al Libro de la selva de Kipling o El principito, y en la medida que crezcan se interesen en mayores retos por iniciativa propia. Francisco Hinojosa armó unas antologías increíbles llamadas Léeme con textos muy divertidos y variados, pero el interés actual de los niños es el mismo de mi generación y las anteriores: un gusto de pocos. No bastan las obras mismas, por bien escritas, adaptadas e ilustradas que estén. El ciclo se verá afectado por adultos que presenten la literatura como un interés auténtico y propio, como una invitación sincera a divertirse. Y bueno, la educación no puede prescindir de responsabilidades: al que no se quiera divertir, ¡póngale cero!

 

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Ilustración del texto aquí.

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Patricio Garza Rabatté (Monterrey, 1993) es egresado de relaciones internacionales por la Universidad de Monterrey. Ha sido publicado en poesía y narrativa en Barrio Antiguo, Colectivo Resortera, Ahí Muere, la UDEM, la revista Acequias de la Universidad Iberoamericana Torreón, la revista Levadura y Cuatro versos. Es miembro del grupo de creación literaria Los Marquesitos.