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El poeta es un fingidor 

Reflexión

Julio Mejía III

Uno de los prejuicios más comunes en torno a la poesía es la adjudicación de un carácter autobiográfico: el poema como monumento al ego del autor. Si admitimos esta premisa como verdadera, la consecuencia lógica es que la poesía no es sino una sublimación estética del chisme: compramos y leemos libros de poesía como compramos y leemos revistas sobre la vida privada de los famosos. La cúspide del patetismo: el poeta es su propio paparazzi.

Todo prejuicio tiene un componente de verdad que se sale de proporción y se distorsiona hasta caricaturizarse. En el caso que nos concierne, debemos reconocer que todo poema, por ser una producción humana, está impregnado de humanidad. En ese sentido, sí es autobiográfico: en él caben recuerdos, emociones, anhelos, ideas, inquietudes personales. Pero no es lo mismo leer un anhelo que un recuerdo, de la misma manera en que no es lo mismo un billete en el bolsillo que uno en la cabeza. En todo caso, el carácter autobiográfico del poema es análogo al de los cuentos, las teorías económicas, las fórmulas matemáticas, las tesis científicas, las contraseñas: siempre habrá algo del temperamento del autor imbuido en su quehacer.

Pero no hay que confundir la gimnasia con la magnesia: aquella voz que se lee en el poema (el “yo lírico”) es un personaje construido por el poeta. Puede estar basado o inspirado en el autor, pero es una voz autónoma. Gabriel Zaid ha expresado su reticencia a participar en recitales de poesía debido (entre otras razones) a la confusión entre el sujeto poético y el sujeto biográfico: “Si el poeta dice sus propios versos, escenifica la tendencia a confundirlo con su primera persona, obra de él como otro de sus personajes. La cosa puede tomar el aire equívoco de una confesión íntima que es una confesión pública”. Ha ironizado sobre esto mismo en el poema “Alabando su manera de hacerlo”:

 

ALABANDO SU MANERA DE HACERLO

¡Qué bien se hace contigo, vida mía!

 

Muchas mujeres lo hacen bien

pero ninguna como tú.

 

La Sulamita, en la gloria,

se asoma a verte hacerlo.

 

Y yo le digo que no,

que nos deje, que ya lo escribiré.

 

Pero si lo escribiese

te volverías legendaria.

 

Y ni creo en la poesía autobiográfica

ni me conviene hacerte propaganda.

La reticencia a consignar un hecho se debe al problema de la recepción: aún cuando se trate de algo verídico, el texto debería leerse como ficción; pero en la práctica puede pasar lo contrario: se asume que la ficción es verídica.

En “El otro”, el primer cuento de El libro de arena, Jorge Luis Borges relata un encuentro con una versión más joven de sí mismo. Se trata de una puesta en escena de los temas literarios del doble, de los sueños y de la realidad. Después del desconcierto inicial ante lo insólito del hecho, ambos Borges comienzan a hablar sobre literatura. Esta conversación es la que más llama mi atención, pues representa el encuentro de dos maneras distintas de concebir el hecho literario.

Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.

-Si Whitman la ha cantado -observé- es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.

Se quedó mirándome.

-Usted no lo conoce -exclamó-. Whitman es incapaz de mentir.

No es una discusión ingenua: se trata de la misma persona, al fin y al cabo. El joven lee la consigna de un hecho. El viejo prefiere leer una ficción. Pero el viejo alguna vez fue el joven; alguna vez compartió su opinión. Fue la experiencia vital, la trayectoria lectora y creativa las que lo hicieron cambiar de parecer. Y no hay necesidad de meter al autor en todo esto: es la dinámica de los personajes la que nos permite realizar esta lectura.

Fernando Pessoa, poeta portugués mejor conocido por el empleo de varios heterónimos, escribió un ilustrativo poema firmado con el nombre de Álvaro de Campos: “Autopsicografía”. Reproduzco la primera estrofa:

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

Que hasta finge que es dolor

El dolor que de veras siente.

Más que ilustrativo, revelador. El contenido verdadero del poema (el dolor en este poema, pero también puede ser el amor, la alegría, una anécdota) se vuelve inevitablemente ficcional. Si escribo, por ejemplo, sobre la muerte de mi mascota, todo lo que aparezca en el texto será una obra de ficción, por más que la anécdota y los sentimientos sean reales.

Me gusta mucho citar a Pessoa por la cuestión de los heterónimos: construyó máscaras, seres de ficción, para allí verter ideas y sentimientos reales. La tensión entre lo real, lo verosímil y lo ficticio se disuelve al recurrir a personajes. En ese sentido, la obra de Pessoa es menos una confesión autobiográfica y más una puesta en escena, a la manera de William Shakespeare. Es casi imposible (y, si no imposible, necio) tratar de reconstruir al Bardo a partir de los parlamentos de sus personajes. Hay, por supuesto, algo de él en Hamlet, en Macbeth, en Lear. Pero ese “algo” también está (al menos en potencia) en cada uno de sus lectores. Y lo mismo pasa con la poesía. Retomando a Pessoa, no importa qué tanto hay de Pessoa en Álvaro de Campos o Ricardo Reis. Lo importante es cuánto podemos identificarnos a nosotros mismos.

El poeta finge con la verdad. Es lo que dice Pessoa, y también lo que dice Octavio Paz en este poema:

 

EPITAFIO PARA UN POETA

Quiso cantar, cantar

para olvidar

su vida verdadera de mentiras

y recordar

su mentirosa vida de verdades.

La poesía, entonces, tiene menos de diario y más de espejo. Incluso en los textos abiertamente confesionales, lo más importante es el lector, la identificación que pueda hacer de sí mismo en el poema. Al leer, lo que hacemos es asumir el “yo lírico”: ese “yo” soy yo mismo. De manera que, por paradójico que parezca, el poeta no es un paparazzi de sí mismo, sino del lector…

 

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Ilustración del poema aquí.

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Julio Mejía III (Torreón, 1990) es poeta. Coordina el taller de creación literaria de Difusión Cultural UDEM. Becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 2016. Coautor, junto Míkel F. Deltoya, de Espasmo: Muestra de poetas de Monterrey nacidos entre 1986-1997 (UANL, 2016).