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El asesinato de Paulina Lee

Fragmento de novela

Hugo Valdés

No va a gastar la mañana de oquis, está seguro. Con tanto animal suelto en la calle es imposible irse en blanco. Sabe que le va a ir bien, que no será como las veces en que no ha podido hacer su trabajo y acaba sintiéndose mal todo el día, como si estuviera robando. ¿A quién?, le pregunta zumbón su amigo el Talán, el flaco con el que platica y bebe algunas veces, ya cuando acaba la jornada y aquel cierra el tabarete que atiende frente a la penitenciaría. ¿No ve, don, que comoquiera va a recibir su paga?  

             Una cucaracha lenta, torpe, aparece al pie de un álamo, justo donde mataron hace tiempo a aquel muchacho. Le fastidia no poder caminar hacia ella para acabarla de un pisotón; no tiene energías para eso. Una vez le hizo notar al Talán que su manera de rondarlo, de rodearlo para sacarle plática lo hacía verse como su perro faldero, y el Talán dio primero un resoplido y luego se carcajeó con ganas. Cómo dice eso, don, un comerciante como yo lo que menos quisiera es que me confundan con un perro, y sobre todo usted. Entonces camina con su paso sonambular, cansino, por uno de los corredores hacia la parte donde se alza el establecimiento en el cual le dijeron que habían visto un par de cánidos vagabundos apareándose, mordisqueándose, ladrándole a los paseantes. No quiso comentar nada cuando le dieron el aviso, pero sabía que alguien debía estar alimentándolos a escondidas; de otra forma no se explicaba tanto cariño al lugar, que los perros prologaran esa estancia por varios días. No sé por qué me tienes en tan mala opinión, Talán, yo trato bien a los animales.

             Hubiera querido apersonarse en la Alameda desde días atrás, pero su presencia en congregación Topo Chico y colonia Independencia era urgente: en esos sitios había despachado hasta diez animales por día. ¿Bien, don? Ya que les doy corral, no se me va uno. Pero les doy su buen bocado, no me dejarás mentir. Esperó aquella vez que su amigo riera, pero el Talán se quedó en silencio, pensando tal vez en los desmanes que causaban los canes sin dueño. Desde hacía ya más de dos años que había sido invitado por el alcalde a prestar nuevamente sus servicios a la ciudad; para el municipio resultaba más barato y eficaz contratarlo e incluirlo en la nómina que establecer un nuevo departamento para desaparecer a los perros de las calles. Años atrás, en 1932, el viejito Lobo dejó de trabajar en Monterrey como envenenador de perros porque lo cesó el entonces presidente municipal; no siempre había mostrado el lado bueno de su carácter, y una vez armó tremendo zafarrancho en plena inspección policiaca en la penitenciaría. Sin embargo, halló empleo en Laredo haciendo lo que sabía hacer, mientras Monterrey se llenaba otra vez de animales con rabia que mordían a numerosas personas, como sucedía antes de la labor exterminadora de Prisciliano, y con carácter de urgencia lo habían hecho venir desde allá para dar yerba a los canes. A diferencia de las dependencias de salud, que contaban con personal para emprender toda clase de campañas, como la desratización, en un cuarto de siglo él solo había despachado unos treinta y cinco mil perros, a razón de mil doscientos por año.

             Eleva la vista por entre el hueco que deja el follaje de los álamos para ver la calidad de la luz y calcular la hora. Todavía es temprano, y se lo confirma la moderada circulación vehicular de las calles que enmarcan a la Alameda. Siente antojo de café y pan dulce, y sabe que le ofrecerán ambas cosas y además gratis al entrar al negocio, pero no quiere hacerlo hasta que aviste a los perros y se encargue de ellos. Sin perder detalle, aguzando el oído para acertar el rumbo de donde podían salir los animales, camina a lo largo de la terraza al aire libre y luego junto al soportal de techos arqueados, columpiados como los de una pagoda, sin detectar movimientos entre las mesas. Dobla en la esquina y avanza hacia el punto en que acaba aquella estructura adosada al establecimiento, apoyando a intervalos la mano izquierda sobre los barandales. Reflexivo, adelanta la quijada para, con los dientes inferiores, rastrillarse el labio superior con suavidad, cuando escucha crujir los goznes de la puerta de servicio y, ya abierta, ve salir a un muchacho ¿mesero, cocinero? con un bote de basura. Nada hay inusual en el hecho, rutinario para un restaurante, salvo en que el joven lleva aparte una bolsa que deposita al pie del bote más grande donde vació el primero. No está seguro si quiere hacerse notar para dejar bien aclarada la suerte que tendrán esos animales, tan pronto se paren a merodear por allí, pero en medio de su dubitación el joven voltea hacia el viejo Prisciliano. Advierte incomodidad y vergüenza en el muchacho, quien lo saluda rápidamente, baja el rostro y regresa al interior del café. No sabe si disculparlo por demostrar cariño a los canes, como lo tiene tanta gente en la ciudad, a pesar de los frecuentes ataques de aquellos.

             Tan pronto se retira el muchacho, el viejito Lobo se da a la tarea que tiene enfrente. Toma la bolsa puesta al pie del bote de basura y comprueba que hay en ella restos de guisos revueltos con menudencias, pedazos de pan, filones de sopa aguada. La cierra y la arroja dentro del bote. Sus buenos bocados les doy, Talán, los mejores tasajos de carne que te puedas imaginar. A eso no le pongo reparo, don, solo al aderezo que usted usa. Periódicamente va a la carnicería donde le surten una especie de pedido fijo; decirles bocados es exagerar la calidad de aquellos pedazos de pellejo bien cortados, con los que podía hacer rollos ya que los había rociado abundantemente con el aderezo que tanto temía el Talán. También, alguna vez que ambos libaban en la casa del viejo, el Talán había visto el minucioso proceso a que sometía los trozos de vidrio que obtenía rompiendo una botella contra el suelo.

             En esas rememoraciones está cuando aparece de entre un seto el par de perros, modosos, sorprendidos de verlo a él en lugar de a cualquier otro, y a pesar de ello seguir merodeando por allí, imantados al lugar, como convencidos de que hay comida para ellos, como la que les han procurado esos días. De una bolsa de papel que lleva entre sus ropas, Prisciliano saca uno de sus bocados y se lo muestra a los animales. Sabe cómo ganarse su confianza, sin mucha dilación, a veces chiflándoles bajito, a veces hablándoles como viejos camaradas de la legua. Piensa que el éxito que le han dado sus campañas se debe no a las dosis que usa para hacer sus bocados, sino a saberse granjear a los perros. Pobres animales: muchos ni siquiera deben estar enfermos, pero ya sueltos en la calle entran en otras reglas, las de los centros de higiene que exigen a los dueños el uso de bozal y vacunación para sus chuchos, las de él mismo que tiene toda la vida dedicándose a esto, sin miramientos casi por ninguno, por más que humillen para él la mirada, le bajen las orejas, le hagan fiesta.

             Le arroja uno de los rollos de pellejo al macho, provocando que la pareja, una hembra cruzada de todas las razas, le gruña y finte algunas tarascadas, sin éxito. El viejo Prisciliano no la hace esperar y le lanza su porción, a unos metros del macho para cerciorarse de que ella también se va a tragar el tasajo con vidrio molido y la ciudad se librará de otro perro sin dueño. ¿Qué se siente, don, qué se siente despacharse a tanto animalito inocente? Tú nada más acuérdate cuando cogen la rabia y muerden a niños, a señores, a hombres viejos como yo. La gente se acostumbró a verlo así, con el paso cada vez más lento, encontrándose con los perros como si estos vieran en él un amigo, concentrado en las batidas solitarias que hacía a diario, metiéndose donde el número de animales con rabia era alarmante y resultaba más peligroso acercarse a ellos para recetarles su último alimento. Olvídate de mis remordimientos, Talán, que yo creo a nadie más que a mí le importan, y piensa que por uno que caiga salen siempre otros más.

             Y era cierto: le había dado vuelta a Monterrey con todo y colonias, recibido y apoyado por la gente que aceptó su método por lo discreto, por lo efectivo, sin tener que acudir a las pistolas para abatirlos a tiros en la vía pública, cerca de transeúntes que podían salir hasta heridos, y ni aun así sentía que había hecho bastante por la ciudad que le pagaba un sueldo como envenenador de perros: podía acabar con una decena al día en la colonia que fuera, pero al volver en una semana el número se habría multiplicado. Según sus cálculos, primero se moriría que acabar con todos los cánidos; era lo natural en una ciudad como Monterrey, que había crecido tanto, que mal que bien ya podía presumir de contar con una buena cantidad de avenidas esperando ser ensanchadas y prolongadas fuera de su trazo inicial, hacia todos los puntos cardinales.

             La pareja de perros se retira un poco, hacia el seto del que la vio salir hace un rato, esperanzada en la comida. Unos minutos más tarde, Prisciliano los busca y halla entre el seto, ovillados, desangrándose lentamente de sus tripas, sufriendo, pero no hace el intento de caminar hacia ellos; solo se cerciora como siempre de que no hayan quedado trozos de carne que pudieran ser recogidos por niños o gente menesterosa. El viejo camina hacia la entrada principal del café y una vez adentro reporta en voz alta, dirigida a cualquiera de los empleados que lo escuchen, que ha hecho allí su tarea: no es necesario que lo haga, es una mera atención con el dueño y el modo de agenciarse café y pan dulce: por la tarde, o al otro día temprano, redactará el parte oficial con los pormenores de su campaña.

             Por la avenida Pino Suárez, entre los arbotantes que segmentan ese tramo de la Alameda, distingue un grupo de personas, hombres, mujeres, niños andrajosos que camina en dirección del hospital González. ¿Qué pueden buscar allí los sin trabajo que no les haya negado ya la ciudad? Desde el inicio de la década, los sin trabajo de fuera y dentro del país solían confluir como llovidos en Monterrey para solicitar colocación en las principales factorías. Pero las industrias no podían ofrecer suficientes empleos, y cuando los tenían, eran prácticamente inaccesibles para los desocupados crónicos por el monopolio que detentaban los sindicatos. Cansados de su peregrinar inútil, desahuciados, algunos se encomendaban a la caridad pública y deambulaban por las calles del centro, donde la gente era más dada a apiadarse al ver a las familias con todos sus integrantes semidesnudos. Luego, para que su mal aspecto no incordiara a nativos y visitantes, y quizás también para evitar que los fotógrafos lucraran con ellos haciéndoles retratos a solicitud de los turistas gringos, se ordenaban redadas en el centro y en los barrios y cargaban con decenas de pobres de solemnidad para conducirlos al asilo.

             Ante ese cuadro él se siente afortunado de tener ocupación a su edad, tratando de descanizar a la urbe para proporcionarles una pizca de paz a sus moradores, como si no fueran ellos mismos los causantes de sus muchos, sus propios males. El Talán le había dicho que así como él llevaba medio siglo cuidando al ciudadano, ya sea en la fajina o desperrizando las calles, nada le impedía que se dedicara ahora a sacar el fotinguero de la circulación, con tanta muerte que causaban, en particular la de los niños. Le dijo que eso era distinto, pero el Talán se plantó en su dicho: para él un coche que mata gente por ser mal conducido, era lo mismo que un perro con rabia, y más de una vez hubiera querido lanzarles cualquier burundanga de su puesto a los taxistas que iban por Pino Suárez a velocidad endemoniada.

             Tal vez tenía razón, pero no perdió tiempo explicándole que no se podía despojar a la gente de bienes que, además, eran tan caros como un carro ante el temor de que un día fueran a desgraciar a alguien. Si todo fuera como antes, cuando la ciudad era un edén de silenciosa; si al menos los coches circularan como los que dejan andar por los corredores principales de la Alameda o como esta troquita repartidora, una Ford del 29 con carrocería de estacas que se detiene a un lado suyo. Lo saluda el conductor, sepa Dios quién es, pero le responde con gusto porque Prisciliano se sabe conocido entre mucha gente, popular como el cómico Cabrera, como el mismo Roberto Soto, o ya de perdido como el muchacho ese, José Sandoval, el que toca con su orquesta en la terraza de este café los sábados, o los domingos.

             Continúa mientras ve salir al conductor con un papel en la mano, treparse de nuevo al camioncito y dirigirse a la parte trasera del negocio, allí donde se despachó el viejo a los perros, para descargar todas esas cajas de alimentos, las latas de grasa que se apiñan en la caja del vehículo. Entra de nuevo al café: una mujer limpia el piso con petróleo y parafina, enérgica, aplicadamente al principio, y luego con suavidad, casi por inercia, ya que se ha convencido de haber cubierto bien el tramo. Solo la gente con recursos se apersona aquí a esta hora: contadores y taquimecanógrafas deben de estar en la oficina, y a obreros o trenistas es inusual verlos por aquí. Si alguien prefiere ahorrarse los cinco centavos del camión y andar las seis, siete cuadras que lo distancia de su casa al trabajo, qué esperanza que tenga dinero para venir al local.

             Busca a César Botello, el dueño del café Centro Alameda, para decirle que ya no tiene que preocuparse más por los perros, pero no lo encuentra tras la caja registradora o en el ir y venir del área del comedor hacia la cocina. Por eso va hacia la mujer que ahora se afana en limpiar otra mesa y le pregunta por Botello. Ella le dice que no lo ha visto, que no ha de tardar, que lo espere un rato, pero él prefiere salir en lugar de hacerse el encontradizo para ganarse el desayuno. Para eso tiene un sueldo fijo envenenando perros, como se lo hace notar el Talán en esos días en que los animales se le esconden, como avisados de que ese viejecito no es bueno con ellos. Prisciliano Lobo no tiene necesidad de mendigar. Como si él no comprara de su bolsa los pellejos de carne para convidar a los canes sueltos de la ciudad y acabar apenas con algunos, porque enseguida aparecen otros, muchos más que los envenenados con el vidrio molido que espolvorea en los bocados, como si más bien realizara una poda a sabiendas de que las bestias seguirán brotando de todos lados y les recordarán a los regiomontanos su propia naturaleza.

 

Ya que reventó al par de perros fuera del café Centro Alameda, el viejito Lobo se permite un rato de vagabundería para ver los chalets fronteros a la plaza, mientras oye el reclamo de los pájaros —estos, parece, hablan a gritos sobre lo que vieron e hicieron durante el día antes de ocupar sus lugares en las ramas de los álamos— y decide entre apersonarse en Palacio Municipal para rendir el parte de costumbre o visitar alguna colonia para continuar su trabajo. Se mueve a sus anchas porque es un día cualquiera de la semana y además temprano, no un sábado o un domingo en que la Alameda se estila solo para las muchachas ricas, con sus vestidos abarrotados y faldas hasta el huesito, y ni peligro para la gente pobre como él. Se resintió por la forma en que la ciudad había cambiado tanto en solo unos años, los cuatro en que estuvo ausente, al punto de casi darle la razón al Talán sobre las campañas que debían hacerse para retirar coches y camiones de la vía pública. Luego lo pensó bien y se dio cuenta de que la ciudad y su gente no habían cambiado gran cosa: solo se habían descarado y revelado su parte vergonzante, descuidando las formas que tanto les gustaba guardar para mostrar únicamente la cara buena. Camina hasta dar con los cañones del Obispado, a resguardo allí y exhibidos como una curiosidad importante, mientras se arregla el camino hacia el palacio en ruinas que tutela a la ciudad desde el poniente. Se detiene menos por ver o tocar los cañones que para escuchar mejor a los pájaros, luego de detectarlos metidos en el espeso follaje que levanta una especie de segundo piso, una meseta vegetal sobre la traza de la Alameda: minúsculos como cabezas de alfileres insertos en una capa de algodón coloreada de verde. En el fondo, ahora se desarrollaba la misma escena brutal de siempre: los hombres se mataban por celos, por una puntada de borrachera, dejando claro que una vida valía menos que una mancha de cerveza; y luego ese gusto por manejar las armas a lo pendejo que los llevaba a balearse accidentalmente entre sí, como si se odiaran de forma crónica, cuando solo se la estaban pasando bien en la cantina. No muy lejos de allí un grupo de albañiles se afana en concluir los últimos detalles de la alberca que las autoridades se han propuesto inaugurar pronto, y si se puede junto con el parque infantil que también se construye, a despecho de que nadie se zambullirá en la fría agua decembrina. De pronto, un chorro de luz solar que se filtra de entre las gordas nubes grises que encapotan el cielo ilumina una porción de la alberca cubierta por una lámina de agua, y allí está el claror de la mañana. Lo peor era que arrojaran cadáveres de recién nacidos en norias y escusados de pozo, como si la ciudad no fuera un día a darse cuenta de todo eso. Cuando dejaba correr la lengua aprovechando que tenía al Talán cerca para escucharlo, lo sorprendía que no lo siguiera en la retahíla de males y que por el contrario callase y sonriera mientras asentía. ¿Qué?, ¿te causa gracia que se deshagan así de lo que no quieren? No, don, eso no es de gracia, pero hay que ver si todas esas criaturitas que usted dice, vinieron con vida al mundo; yo leí en el periódico que eran fetos. Comoquiera, Talán, las norias no son para eso. Y te voy a decir de una vez que las balas no debieran ser para matar cristianos, ni los cuchillos a las mujeres, como a la muchacha esa, la pobre china a la que le dieron cran en aquel baldío. ¿Entonces para qué van a servir las armas si no es para matar gente? Para matar perros, Talán, que sean nada más para matar chuchos con rabia.

 

El asesinato de Paulina Lee, Tusquets Editores, 2016.

 

 

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Hugo Valdés (Monterrey, 1963) ha publicado las novelas The Monterrey news, Días de nadie, El crimen de la calle Aramberri, La vocación insular, Breve teoría del pecado y El asesinato de Paulina Lee. Y los libros El laberinto cuentístico de Sergio Pitol, El laboratorio del crepúsculo y otros ensayos, Ocho ensayos sobre narrativa femenina de Nuevo León, El dueño y el creador. Un acercamiento al dédalo narrativo de Sergio Pitol y Fulguración y disolvencia de Santiago Vidaurri. Ganador del Certamen Nacional de Literatura Alfonso Reyes en 1994, del Premio Universidad Autónoma de Nuevo León a las Artes (UANL) en 2007, y del Premio Nuevo León de Literatura en 2012.