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Democracia en Re menor

Cuento

Patricio Garza Rabatté

No, no. Citar en el título es una invitación al amarillismo. Golpeteaba mi libreta con la pluma, tratando de pensar con un taladro en la sien. Me había quedado dormido viendo el Canal de Congreso. Miriam me había puesto un cojincito lumbar en la nuca para no ahogarme y recogió las botellas.

—¿Cómo amaneciste, flaco?

—Bien. Tres en la escala Richter.

—Bueno —dijo, sirviendo café.— Alístate, tienes junta con Sergio.

Como me quitaron la beca del programa estatal de escritores, no me puedo dar el lujo de quedarle mal a Sergio. Es muy amable, el problema es que se deje manipular por su equipo de asesores. Yo soy su voz, su opinión y su prudencia. Nos tocaba la penúltima parada de la campaña en la colonia más jodida humilde del municipio: San Isidro. Por seguridad y aire acondicionado, habían rentado un salón de eventos en el Boulevard López Portillo. Les cuento la pesadilla para que conste que no fue mi culpa.

El perfil de Sergio era agradable: tenía buena dicción, algo de carisma y, sobre todo, era reconocible, que importa mucho. Era hijo del Coyote Vargas, ídolo de la música norteña en la primera mitad de los 90 y virtuoso del acordeón. Sí, ese mero: chiquiiita, no-me-de-jes por el güero. Sergio era bien parecido: su papá era incómodamente feo, pero tuvo a Sergio con una bailarina de fondo de un programa grupero.

Pero su equipo ese... Con el dinero que pudo haber pagado por una consultoría política seria, cubría las demandas ridículas de los zánganos estos. Traje más caro, corbata verde con morado y —con Dios como testigo— docenas de acordeones inflables. Llegamos temprano para la junta, aunque ya había gente ahí. Por no quedar mal, los dejaron pasar. Un señor pensó que yo, que iba en mezclilla, era el candidato.

—Jefe, denos algo pa’ las cocas.

—¿Sabes quién soy?— dije, dándole para las cocas de seis personas.

—Sí, señor Tamayo. ‘Tamos con usted.

Heriberto Tamayo era, en realidad, el rival directo de Sergio. Era empresario por herencia y director de adorno en Cervecería Tlatoani, la compañía de su familia. Cada dos minutos salía su voz en la tele y en la radio, ni se diga los carteles en cada poste. Guapo, sangrón, y listo para aplicarle la Robin Hood invertida a todos.

Llenaron el salón de sillas desplegables, como la Arena Coliseo, y lo tapizaron con pósteres de Sergio. En las paredes de los costados pusieron filas de mesas largas con refrescos. Parecía un quince años. Claro, la música de fondo era otro de los hits del Coyote: se antoja un bailongo.

Agarré uno de los sándwiches que iban a regalar. Jamón y mayonesa, el sabor de la democracia. Sergio se me acercó y aventó unos papeles en frente de mí.

—¿Qué es esto?

—Pues tu discurso.

—No, esta mamada— dijo, señalando un párrafo.

—“Pragmático”.

—Quítalo. Mis asesores dicen que a la gente le molesta que use “palabras bien acá”. Lo toman a mal.

—No sé qué quieres que haga, Checo. Ya les montaste la kermés más culera del mundo y usaste recursos federales para rifar una televisión. Necesitas mostrar un lado que los haga tomarte en serio.

—Solo quiero que lo hagas más amigable, es todo. Y bájale con la elocuencia.

Me puse, pues, a corregir con rayones mientras recibían a la gente. Algunos sólo agarraban chicharrones y se iban, otros se veían perdidos. Los achichincles de Sergio tomaron el micrófono y pasaron unos minutos pidiendo la atención de la gente. Se presentó ante el quórum de miradas como manos extendidas.

— ¿Cómo andamos, raza?

Yo pensé en voz alta: está improvisando. Les habló del poder de la conciencia, del cambio, la esperanza, todas esas estupideces. Le aplaudieron sin mucho entusiasmo y volvió a sonar la música: trépate a mi troca. También les dijo que su papá siempre hablaba bien de la gente de San Isidro (nunca tocó ahí).

Notamos que varias personas traían playeras y gorras de Tamayo. Las marionetas de Sergio fueron a buscar información. Tamayo les había llevado las joyas de la corona: algodones de azúcar, pintacaritas para los niños y hasta enchiladas. Peor, alguien alertó con la palabra clave: mezcalito (otro éxito del Coyote), que significaba la amenaza de haber sido infiltrados por halcones.

Un grupo de periodistas contratados por el equipo de Sergio fueron a grabarlo y pedirle una entrevista.

—Yo sólo rindo cuentas a la ciudadanía, a Hacienda y a mi mujer, aunque me acusen de echarles mentiras. — Se la pasó malabareando chistes de esos unos cinco minutos y fue con la gente a cumplir formalidades políticas, a tomarse la foto.

Casi cuando íbamos a declarar falsa alarma, se escucharon gritos y chiflidos desde la muchedumbre: “Sergio no vale madre, ¡ladrón!” Empezaron los abucheos. Jalé a Sergio y el equipo corrió a encerrarse en el baño. Llegaron la chava de marketing y su asesor de relaciones públicas. Los demás no lo lograron.

—¿Qué pasó?

—Un chairo le andaba diciendo a la gente que el evento es una cortina de humo.

—¿Para cubrir qué?

—No saben, pero están encabronados. Andan armando un mítin.

—O sea, un meeting. - preguntó la chava.

—No, güey, un mitin.

—¿Cuál es la diferencia? —en seguida tronó una especie de petardo.

—¡Ésa!

Nos sacó la policía media hora después. Pagamos otros cientos de pesos en cocas y nos fuimos. Miriam cubrió mi parte de la renta ese mes y volví a escribir en periódicos gratuitos sobre choques aparatosos, legislación o dimes y diretes del nuevo alcalde Tamayo.

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Ilustración del cuento aquí.

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Patricio Garza Rabatté (Monterrey, 1993) es egresado de relaciones internacionales por la Universidad de Monterrey. Ha sido publicado en poesía y narrativa en Barrio Antiguo, Colectivo Resortera, Ahí Muere, la UDEM, la revista Acequias de la Universidad Iberoamericana Torreón y la revista Levadura. Es miembro del grupo de creación literaria Los Marquesitos.