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Las ciudades invisibles

Reflexión

Andrés Dillon

Parece ser que pensar en la ciudad es algo que se ha vuelto redundante, algo tan rutinario que quizá solamente por accidente y en escasas ocasiones se hace. Es indispensable recordar que en la historia de la humanidad la ciudad ha sido el fenómeno que ha llevado el desarrollo humano a una escala nunca antes imaginada; la polis griega, por ejemplo, fue en su momento la cuna de nuevas ideas políticas y filosóficas. Por otro lado, la ciudad ha sido también el contexto físico directo en el que la individualidad pasa al plano de la comunidad; los primeros pobladores de ciudades prehistóricas como Catal Hüyük y Jericó tuvieron que adaptarse a la convivencia en comunidades de cantidades considerables de personas. Pero sobre todo, desde su nacimiento la ciudad ha sido el espacio ideal para el intercambio abierto de ideas y pensamientos; las plazas, los mercados y los parques son todos espacios públicos que pertenecen a la ciudad y brindan la oportunidad para un armonioso intercambio de ideas.

 

Mi encuentro con el libro Las ciudades invisibles de Italo Calvino se debe a una recomendación de un maestro en la universidad. Recuerdo que constantemente mencionaba durante sus presentaciones que no era posible graduarnos como arquitectos sin antes haberlo leído. Y no logré entender su repetida insistencia en leerlo hasta que decidí hacerlo.

 

Italo Calvino se detiene a pensar sobre la ciudad y decide escribir lo que él mismo considera “un último poema de amor a las ciudades”. En la obra de Calvino, el mercader veneciano Marco Polo es enviado por el emperador Kublai Khan a recorrer su vasto imperio mongol para que regrese a contarle acerca de las ciudades que ha visto. Las ciudades narradas por Marco Polo al emperador son ciudades inexistentes, ciudades imposibles, y a pesar de que Kublai Khan lo sabe, se encuentra lleno de intriga y fascinación con los relatos de su viajero y le pide con insistencia que le siga contando.

 

Lo que el escritor italiano logra hacer, a través de la figura de Marco Polo, es narrar ciudades que rescatan la esencia de lo que significa la ciudad en nuestra sociedad humana. Y aunque las ciudades descritas no se pueden equiparar directamente con ciudades de este mundo, sí se pueden relacionar con lo que sucede en cada una de ellas. A Calvino no le interesan los enormes panorámicos que invaden las avenidas, ni el movimiento apresurado de los carros intentando llegar a su destino, a él le interesan las conversaciones en las esquinas, las miradas accidentales, los delicados gestos de las personas que caminan en la banqueta, el diálogo de besos de la pareja en la banca del parque… Las ciudades adquieren sentido porque las personas se lo dan y la obra de Calvino es capaz de llegar al principio de la relación del individuo con la ciudad, en el que lo que importa son los recuerdos, los sentidos, los deseos, los intercambios. Cada ciudad narrada en el libro se liga a estos conceptos humanos para adquirir una razón de ser, los capítulos indican la temática de la ciudad, por ejemplo, en el primer capítulo titulado “La ciudad y la memoria 1.” Marco Polo narra la ciudad de Diomiria:

 

“ciudad con sesenta cúpulas de plata, estatuas de bronce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro que canta todas las mañanas en lo alto de una torre.”

 

Diomiria es una ciudad que despierta la sensación humana de los recuerdos. Sus “cúpulas de plata y estatuas de bronce” son referencia a características físicas que se pudieran encontrar en otras ciudades y de otras formas. Lo que Calvino destaca es la memoria sensorial del ser y cómo este relaciona cualidades de una ciudad con otras.


Pienso que leer Las ciudades invisibles es una oportunidad de dirigir la mirada a lo que hemos olvidado de la ciudad, buscar en esos pequeños rincones que se han oscurecido por las peculiaridades del mundo moderno y encontrar que aún queda esperanza de recuperar las cualidades esenciales de la ciudad. Es acertado decir que nosotros vivimos en la ciudad y por ende nos adaptamos a ella, pero es igualmente acertado afirmar que la ciudad vive en nosotros, y es en esta afirmación donde encontramos la necesidad de la ciudad para con las personas que la habitan.

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Andrés Dillon cursa el 6o semestre de la carrera de Arquitectura en el ITESM. Además de mostrar pasión por la arquitectura también tiene gran interés en la lectura y escritura de poesía.