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Carta a Sylvia Plath

Reflexión

Lucinda Garza

                                                                                                                                                                                                   25 de febrero del 2018 

 

Estimada Sylvia Plath:

 

       Espero que esta carta no sea una molestia para tu descanso eterno, y también espero que, ahora que no estás en este mundo, tengas la habilidad de leer y entender esto en español.

     En la universidad nos pidieron que le escribiéramos una carta a cualquier escritor o escritora, y no pude evitar pensar inmediatamente en ti. Tal vez me vea como un enorme cliché al elegirte, siendo una de las miles y miles de personas que han dicho: “The Bell Jar me cambió la vida”; en ese caso me es difícil evitar ser un cliché, porque solamente digo la verdad.

      Mis últimos años de adolescencia no fueron sencillos, y los veinte no han cambiado mucho aún. No me gusta quejarme de lo que sucede en mi cabeza, porque eso me hace sentir egoísta, algo malagradecida, no lo sé. Resulta que estoy estudiando en Europa, cumpliendo metas y conociendo el mundo, pero me es difícil ignorar el hecho de que en la maleta debía llevar cinco cajas de antidepresivos y varias copias de la receta médica de mi psiquiatra. Creo que tú entiendes.

      Se supone que debo tomar una pastilla por día; a veces lo olvido, y a veces lloro mucho y tomo tres al mismo tiempo, a veces cumplo con todo lo que me dijo el doctor, pero a veces lo mezclo con alcohol. A mi cabeza le gusta jugar conmigo, y no sé de qué lado está, ¿sabes? A veces caigo en espirales y lloro en bares mientras bebo té de manzanilla, y a veces río y respiro y me siento genuinamente feliz. A veces fumo cigarrillos, y a veces recuerdo que ellos mataron a un abuelo que nunca conocí.

      Cuando leí The Bell Jar por primera vez todo estaba bien, la campana de cristal estaba arriba, muy arriba, tanto que casi no la podía ver y era fácil olvidar su existencia. Y un año después cayó de repente, con unos pocos avisos previos que decidí ignorar por miedo. Y me volví a ahogar y todo comenzó una vez más: de repente me encontraba en la oficina de un psiquiatra nuevo, mi madre volvía a llorar, y las pastillas regresaron a mi rutina diaria. Ahora estoy mejor, pero me siento frágil y vulnerable. Por todo esto te agradezco infinitamente tu novela y tus poemas, porque entiendes, porque estás ahí, porque nos acompañas en un viaje que tu viviste en soledad.

 

 

 

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Lucinda Garza estudia la Licenciatura en Letras en la Universidad de Monterrey. Utiliza sus tiempos libres para hacer teatro, cantar e intentar bailar, además de subir videos a su canal literario de Youtube: Lucinda Entre Libros. Le encanta comer ramen, viajar y el color amarillo.