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Camioneta

Cuento

Uriel Mendez

Desde hace tiempo que las cosas no marchan bien en la casa. Ansiábamos salir a Bustamante: aprovechar del poco tiempo que estamos todos juntos para convivir; comprar pan artesanal, visitar las grutas. Pero los planes se nos vinieron abajo cuando un día la camioneta dejó de funcionar. De nuevo.

Pudiera hacer un historial de tantas refacciones que se han hecho al vehículo: la primera, un problema con el aire acondicionado que hacía insoportables los sábados de hacer el mandado; la segunda, cuando la transmisión se echó a perder y estuvimos dos meses moviéndonos (como cardumen) en el auto compacto y viejo de mamá; la tercera, cuando el estéreo explotó y remplazamos los éxitos de José José y Juan Gabriel por el sonido de la tierra y el viento seco chocando contra el parabrisas, o solo silencio; y la cuarta, cuando el motor empezó a chorrear un líquido extraño que -según nos contó papá- era indicios de que la camioneta no daba para más. A pesar de esto, las idas al taller mecánico continuaban, pues no había dinero suficiente ni comprador desesperado que nos librara de la camioneta que tanto quisimos un día, pero hoy nos chupaba hasta el último centavo.

Ahora no sabíamos bien cuál podía ser el problema; pudiera ser todo o quizá algo más complicado, nos dice el mecánico mientras veo a sus empleados accionar el gato, abrir el chasis, analizar como doctores el estado del paciente. ¿Cuánto, compadre?, pregunta papá, aunque no sé si se refiere al tiempo que le queda o al costo de la reparación. No lo sé, compadre, no lo sé. ¿Y no puedes echarme una mano? Mira que teníamos planeado un viaje… Mamá se distrae con su celular y mi hermano ve en el mecánico el salvavidas de nuestros planes. Escucha, te seré muy honesto: yo creo que mejor te vas buscando otro carro.

La consulta en el taller concluyó en dos meses de espera y quince mil pesos por esto y aquello; no entendí ni pío la justificación de un presupuesto tan elevado. Era plena tarde de verano cuando llegamos a la casa. Inexplicablemente sentía más calor adentro que afuera, pero dado que ya no teníamos propósito de salir en lo que quedaba del día y de las vacaciones, el exterior nos era absurdo, por no decir incómodo. Nos sentamos a la mesa sin decir nada. Los rayos del sol atravesaban las cortinas y rebotaban en la duela, en las paredes, en el marco de la foto de nuestro viaje a Saltillo: todos más jóvenes, mamá con kilos de más, papá sin anteojos, mi hermano todavía en shorts, y yo sonriendo. Y detrás de todo, la mejor Chevrolet Chrysler modelo 2006 que el mercado ofrecía.

Me acordé de más viajes. De cuando visitamos Aguascalientes y probé la sopa de tortilla; Allende, al lado del Río Ramos, asando elotes con el ocaso de escena; Coahuila, el rancho de papá, la guitarra en concierto con las chicharras. Si nos hacía falta algo, era tiempo para disfrutar más aquellas experiencias familiares. Aun mis tíos y mis abuelos se nos unían en algunos episodios: en la camioneta cabemos hasta diez personas sabiéndolo todo acomodar. Entonces, no recuerdo bien cómo, empezaron las fallas, y recortamos el kilometraje. Llegó un punto en que ir al supermercado era nuestro escape.

Yo notaba que muchas cosas cambiaron. Papá pasaba la mitad del día trabajando y la otra haciendo ajustes, revisiones, cuidados de mayor intensidad a la camioneta. Mamá le reprochaba que ya no pasaba tiempo con nosotros, y al principio discutían con mucha intensidad, gritos que hacían vibrar las paredes de los cuartos, pero pasaron de eso a largas charlas, luego solo discusiones pequeñas, hasta ni siquiera mencionar el tema o decirlo en la comida como actualización rápida. La arreglaré pronto, respondía a veces papá a una pregunta que nadie le hacía.

Antes sus discusiones me irritaban, lo que me hacía pelear más con mi hermano por cualquier cosa: si ganaba en el FIFA; si dejaba la pasta de dientes sin tapa; si no recogía su basura; si masticaba chicle cuando leía. A veces peleábamos solo por pelear, pues ya era una costumbre, una forma de matar tiempo. Luego nos ganó la pereza, así que dejamos lo físico a un lado y pasamos a la guerra de insultos: menos esfuerzo, mismo resultado. Una ocasión la tía Mabel nos escuchó mientras peleábamos. Recuerdo que nos dijo muy indignada si con esa boca besábamos a nuestra madre.

Las veces en que la camioneta funcionaba nos arrancaba de nuestra situación solo para devolvernos, al cabo de pocas semanas, a lo que puedo decir era nuestra cotidianidad. Aunque no lo era, y todos estábamos de acuerdo en eso.

Alguien golpeó a la mesa, tirando el salero. El sol sobre el rostro de papá hacía que brillaran sus lentes al verlo. ¿Qué haremos?, pregunta mi hermano. Mamá se levanta a la cocina, la escucho poner la jarra. Nadie dice nada, inunda el agua con su sonido la sala, la cocina. Veo a papá quitarse los lentes, tallarse con esfuerzo los ojos. El calor sofoca. Mamá trae la jarra y vasos con hielo. Nos servimos limonada con trozos de perejil sin decir nada.

El año que mis papás sacaron el crédito para la camioneta sentimos un gran alivio. Ya no iríamos apretados en el Tsuru malgastado ni sufriríamos los estragos sofocantes del abrasador desierto urbano. Tampoco nos quemaríamos de frío las mejillas en época de invierno. El espacio, los asientos cómodos, el rendimiento de la gasolina y las puertas automáticas abrían nuestros ojos al futuro tecnológico prometedor, a tiempos mejores y prósperos. Sin embargo, nadie nos avisó –o tal vez venía con letra pequeña en el contrato- que el futuro sería pasajero, apremiante y más, mucho más costoso que el pasado, haciendo de nuestro presente una especie de hueco que no es ayer pero tampoco mañana: una camioneta descontinuada que ya nadie compra ni vende.

Pensé en sugerir viajar en autobús, pero a ninguno nos gustaba la idea, pues no sería la misma convivencia privada familiar con testigos ajenos. Pensé también en incluir a mis tíos, aunque para eso primero habría de inventar excusas creíbles y penosas de por qué hace tanto que no llamamos… Quince mil pesos, eso o menos cuesta un viaje a cualquier estado de México. Quince mil pesos para rescatar el viaje familiar. Quince mil pesos para prolongar lo improrrogable.

La jarra se acabó en minutos. Mamá no recogió la mesa, tomó su bolsa, y caminó a rastras hacia su cuarto. ¿Por qué hace tanto calor adentro? Volteé adonde mi hermano para descubrirlo perdido en la ventana, en los rayos amarillos de la cortina. Papá se limpió el sudor de la frente y de las ojeras con una servilleta, poniéndose de nuevo los anteojos. Me miró. Sentí que miraba el brillo del sol y el brillo me miraba de vuelta. Cerré los ojos tratando de aferrarme a aquello que fue, a las escapadas, a los buenos tiempos, al crujir del elote tostándose, a los acordes de la guitarra, a la vida antes de los lentes, los kilos de más, las palabras y los silencios. También sentí sudor bajar por mis pupilas.

Pero al abrir la vista, a una jarra vacía con vasos sedientos, a una mesa-comedor con sillas desordenadas y separadas, al irritante y claro escenario amarillo de una casa a punto de hervir, a la cifra en papel que ponía fin obligado a los hermosos pero lejanos recuerdos familiares, pude darme cuenta de que el daño, fuese cual fuese, era irreparable. Y si por un milagro el mecánico salvase la camioneta, sería como poner un curita a un cristal fragmentado o como tomar un vaso fresco de limonada con perejil en pleno día de verano.

¿Y qué harás?, dije después de mucho pensar en lo que ahora era un mundo flotante. Conseguir el dinero; reparar la camioneta. ¿Crees que se pueda reparar esa carcacha?, replicó mi hermano. No tenemos de otra, hijos.

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Uriel Méndez (Monterrey, N.L. 1996). Graduado de la  Licenciatura en Comercio Internacional por la UDEM en el 2018. Ganador de los certámenes literarios Palabras Que Cuentan VII (2015) y Red de Historias (2016). Publicado por la revista electrónica Palabrerías y por Regia Cartonera en la antología Huizapoles en los huaraches.