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Azul

Cuento

Marlene Navarro

Desperté ahogada por un profundo azul. Como desconocía las fuerzas de mi cuerpo, me incorporé como pude para ver que había un líquido azul encharcando mi almohada, goteando hasta el piso con consistencia pesada. Las gotas caían tristemente una a una, sin
perturbar otra cosa que el vacío en que la habitación y yo nos sumíamos cada noche. El charco que formaban bajo la cama era innatural, parecía absorber cada centímetro de suelo que iba cubriendo, pero nada se reflejaba en su superficie y poco a poco se convirtió en un segundo suelo para mí. La extrañeza que provocase en un inicio desapareció y mi atención se concentró en otra cosa: un hilo dorado que salía de mi oreja, hecho de un material parecido a la cuerda, pero de hebras delgadísimas, y que al jalarlo sentía que tiraba de un instrumento musical en el fondo de mi oído. Me dije que era una trompeta, porque cuando uno ve las láminas ilustradas del oído siempre piensa que el oído interno se parece a un caracol o a una trompeta, sin embargo esta trompeta estaba averiada, porque no producía sonido alguno. No obstante, cada vez que tiraba del hilo era como si me arrancaran los cabellos de la cien y por aquellos timbres de dolor, aunque pequeños, finalmente me levanté de la cama.


Al caminar, el charco iba transfigurándose en formas distintas, de tal modo que el lugar donde pisaba siempre estaba libre. Podía pensar que era yo quien controlaba aquel flujo, aunque también era posible que estuviera siendo influenciada para pisar donde sea que el charco abría paso, y ante aquel misterio seguí avanzando sin volver a mirar al suelo. Llegué al tocador para ver que las que solían ser simples botellas y frascos de crema estaban ordenadas por tamaños, con las etiquetas bien alineadas, y relucían como soldaditos con los pechos inflados esperando a que iniciara la batalla. Tomé una y la volví a colocar en un sitio distinto, solo para ver que debajo de ella brotaban cuatro patas diminutas que la desplazaron de regreso a su lugar en la fila. Lo mismo sucedió con todas las que moví, hasta convenir que eran arañas de vítreo caparazón, con ocho ojos y ocho superficies en las que podía verme reflejada. El sonido que hacían al moverse era igual al que produce el hielo al quebrarse y justamente veía apresurarse a una lejos de mi alcance, cuando reparé en una extraña bola de algodón, que estaba a punto de cruzar el tráfico de arañas. Giró y giró entre los espacios que las patas dejaban hasta atravesar el tramo y desdobló su cuerpo como un armadillo, así la bola de algodón se transformó en una persona pequeñísima de traje blanco y maletín que apenas me vio antes de salir corriendo.


Sus pasos eran tan diminutos que no había que correr para alcanzarlo, pero cuando saltaba parecía flotar como burbuja y el aire lo llevaba a donde quería. Primero fue a parar sobre la reja que protegía la ventana y con vista al sol extendió los brazos anchamente, como si diera un enorme e inaudible bostezo. Por un instante pareció que se había adherido a la ventana como una calcomanía para absorber el sol y así el traje se le llenó de amarillo, desprendiéndosele el color blanco como piel muerta. Entonces, para mi sorpresa, la persona tomó la piel blanca y la metió dentro del maletín, lo sacudió con ambas manos y volvió a abrirlo solo para mostrarme que de adentro salían volando cuervos blancos, cuervos de plumaje tornasol tan hermoso…


Le grité: « ¡brujo!», pero la persona ni siquiera me miró y chasqueó los dedos pequeñitos,
haciendo que tanto los cuervos como las arañas con caparazón se quedaran inmóviles.
Volví a oír el chasquido y los seres se disolvieron hasta parecerse al líquido azul de antes.
El brujo volvió a saltar y se lo llevó el viento a la cabecera de la cama, donde los libros que
acababa de leer se mezclaban indistintamente con los que planeaba comenzar. Salté sobre el
colchón para observarlo de cerca y vi que había comenzado a danzar sobre las cubiertas y que el viento lo animaba soplando para que las hojas se movieran al compás de sus pasos. La superficie se tambaleaba bajo el repiqueteo de sus zapatos diminutos, mientras que de cada libro entreabierto brotaron risas y aplausos, como si los personajes de las obras hubieran salido a la superficie para ver a semejante extraño ser interpretar el tap del canon occidental, pero de repente se callaron y los espectros de sus risas volvieron al libro que pertenecían. El brujo también se detuvo, parpadeó y comenzó a andar en dirección al borde de la cabecera, olvidándose del maletín y del viento. Descubrí que se dirigía al cuadro que había pintado años atrás, por el cual sentía gran admiración.


Nada dentro de la pintura era brillante, ni había costado una fortuna, pero imaginar que el brujo se acercara a él me puso los nervios de punta e intenté detenerlo frenándole el paso con la mano, pero de un salto pasó mi obstáculo y llamó al viento para que lo hiciera flotar más cerca de la pintura. De nuevo me apresuré a tomarlo por el traje, llevándolo lejos, pero cada vez que lo hacía volvía más rápido frente al cuadro e, incluso, en una voló tan brusco que se estampó contra la pintura y del susto temblamos ambas. Al ver que me había detenido, el brujo recobró la compostura y se dispuso a hacer de la pintura otro espectáculo con sus habilidades, pero al levantar sus manos y bajarlas, como aparentemente hacía para invocar sus poderes, nada ocurrió salvo que empecé a sentirme aliviada. Suspiré para mí misma, asustándolo, pues al parecer se había olvidado de mi existencia. Intentó hacer que lo ayudara para que la pintura lo obedeciera; miraba hacia mí luego hacia el cuadro y me exigía sin voz que hiciera algo, pero aunque hubiera sabido cómo no lo habría hecho. No se lo dije, pero presentí que me había entendido, que había leído mi mente incluso, y esperé a ver lo que hacía.


El brujo me miró desafiante antes de volverse al cuadro. Desmangó su brazo y alzó la mano derecha, con los dedos doblados salvo los tres que usaba para chasquear, entonces me embargó un llanto absurdo y desesperado. En ese momento me acordé de la mujer que había pintado en mi cuadro, estaba volteada, pero yo me imaginaba que era la mujer más hermosa del mundo, tampoco era una persona de carne y hueso, pero transmitía su poder de musa a través del lienzo y era impresionante que al verla dentro del cuadro, estaba yo también encerrada en él y en todo lo que lo conformaba, en la composición de árboles verdes y uno cubierto de hojas rojas y pardas, en el húmedo camino del bosque que desembocaba en un río que olvidé pintar y hasta en su imaginaria corriente helada que sentía fluir entre mis dedos. Ante aquella sensación recobré la consciencia, y contemplé el cuerpo del brujo devorado por un libro en mis manos, reducido a espeso líquido azul, todavía huyendo de mí gota a gota. Solté el libro. Todavía estaba llorando cuando regresé a
la cama a esconderme bajo las sábanas. Esperé oír el tumulto de la selva abalanzarse sobre
mí, gritos de guerra o hasta sentir las patas de las arañas correr furiosas por la superficie de la sábana, pero nada vino por mí como temía, ni siquiera algo me perturbó.


Desperté con la sensación de que me ahogaba en un inmenso azul y el vacío me habló al
oído con la convicción que sólo un alma solitaria posee: Mi imaginación había muerto.

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Marlene Navarro (Reynosa, 1999), desde el 2013, en que alguien le dijo que podría ser escritora, decidió venirse a Monterrey para perseguir ese sueño. Actualmente ya no sabe si puede conseguirlo, pero estudia la Licenciatura de Letras en la Universidad de Monterrey, le va bien, y nunca desaprovecha una oportunidad de escribir cuando la tiene.