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Apuntes hacia un arte fénix

Crítica

Rodrigo Guajardo

a propósito de Una flama de seda como la nada,

de Gabriela Cantú Westendarp

 

 

Dos personas se dicen adiós como si intuyeran

que no volverán a verse pronto (…)

Podrán encontrarse en algún sueño (…) o

en el libro que están por comenzar a leer.

 

—GCW,  desde Material peligroso.

Contrario a lo que pareciera contar su anécdota Una flama de seda como la nada (Conarte, 2018) no habla sobre la pervivencia de quienes fuimos en una vida pasada —si lo hubiéramos sido — ni la de aquellos a quienes amaríamos entonces transfigurados hoy bajo un rostro distinto —obviamente. Ni nos lanza a buscar su nombre original bajo una lápida precisa ni a cribar su ceniza de las sales del mar. La reencarnación que aborda es la de volver a entrar en la carne,

 

 

                        un cuerpo nuevo con sus propias luces,

                        sus conductos  [19]

 

 

insuflar la única que nos corresponde.

 

 

                        entre los huesos y la piel se aprisiona

                        algo como un soplo, un efluvio ambarino [10]

 

 

Canta más bien cómo desde esta existencia precisamos anclar el origen de nuestro deseo en un pasado necesariamente caduco,

 

 

                        Crece desde más atrás de la memoria [43]

 

 

muerto, a favor tanto de una bella distancia(1) para admirarlo sin reparar de cerca en la vertiginosa descomposición,

 

                        Ciertas cosas deben verse sólo por unos

                        segundos, de otra manera se arriesga demasiado(2)

 

 

como para justificar el tamaño de su fantasma y conservarlo en esa dimensión.

 

 

                        La ciudad me parece una aldea de hace varios siglos.

                        Un animal se refugia del frío  [24]

 

                        Dejo que las imágenes irriguen cada parte 

                        y que mi cuerpo henchido sobreviva así algún tiempo  [33]

 

 

—Así, garantizamos que lo añorado no pueda volver: pero quien añora vive su resurección. Menos retorno que desdoblamiento. Se trata de que contenidos en el mismo nombre somos más que uno y, en esa proporción, morimos varias veces según nuestras virtualidades: los otros que podríamos ser si no fuéramos aquel desde donde los soñamos —y sin quien lo soñado no existiría. Sus lutos se cargan en uno y nos llenamos de espectros, gradaciones del color

 

 

               pero la luz encuentra camino, atraviesa el cristal y me deja inmóvil (3) [17]

 

 

que refosforescen como ese “objeto de plasma” o “punto parpadeante” [9] que en el primer poema contempla y es contemplado, involucrando a su mirado espectador en un ciclo —uso la palabra en su sentido meramente físico, pero también en el plástico que dibuja un eterno retorno— de transferencia.

            Hay una transmutación pasiva del observador e imperativa desde lo observado: este fulgor que le exige a su protagonista “quedarse quieta”(4) [ibid.] mientras mira “el acto de transformación” [ibid.]. El evento anticipa en el acto  un anillo de moebius —ilustrado clara, sensualmente páginas más tarde.

 

 

                        Esa noche volvió a parpadear el dragón en el cielo.

                        La luz tuvo un efecto inesperado en mi tatuaje:

                        el grabado fue trepando mi cuerpo,

                        subió desde el vientre hasta el cuello.

                        El fuego salió de mi piel para volverse 

                        y entrar en mi garganta,

                        ahí se concentró el calor,

                        la brasa que arde antes de la palabra,

                        la imagen quemándose por dentro.

 

                        Entonces deseé hundir mi cuerpo en el lago.  [35]

 

 

—Pero también preconfigurado un libro atrás. Así, en Material peligroso:

 

 

                        El efecto no se limita al exterior, ocurre un fenómeno

                        de espejo. El adentro del que mira también puede sufrir 

                        la erosión y por lo tanto la advertencia, por así llamarla, es

                        en ambos sentidos.

 

 

El proceso opera con el interior pero éste es intervenido afuera, en una quirurgia extramuros donde el paciente —sujeto de víspera— espera su propio arribo como otro: objeto de deseo (5).

            Esta dicotomía parece una bilocación, pero es ritmo y contrapunto. Desde aquel primer poema comienza una intermitencia, cierta alternancia: un input/output que urdirá con un puntaje sutil todo el libro,

 

 

                        que enciende y apaga la estrella [9]

                       

                        un paseo largo, uno corto [29]

                       

                        Entro y salgo del patio para llegar a la luz,

                        entro y salgo para llegar al desierto,

                        para llegar a la luz, para llegar al desierto [40]

           

                        Una y otra vez te veo desaparecer en el desierto [42]

con un vaivén estricto que es también su tao.

            Precisamente entre cada intermitencia, en la coyuntura o pliegue donde termina uno y comienza el otro veo estos accesos a la vida inmediata, siguiente: son omisiones como peldaños.  Así, “su brillo creciendo hasta llegar al fuego” [9] dice un arribo. Un acercamiento entre la lumbre y a quien deslumbra, ese que —como aquel poema del clavidista en otro libro de Cantú Westendarp,

 

 

                        Alguna vez pude entrar —con el cuerpo y

                        el espíritu— a un punto fijo. Lo hice sin

                        reserva, como un clavadista al 

                        lanzarse

                        a la piscina olímpica (6).

 

 

—  entra en lo vislumbrado. Así también aquí

 

 

                        La bruma como pequeños cristales con la fuerza de una daga. 

                        Y la daga se clava en el centro del mundo [36]

 

 

Una apuntada conexión con el punto que no hace sino re-ciclar, con-firmar aquel anillo de moebius en el “punto parpadeante”, el mismo objeto de plasma”, ahora para el de enfrente:

 

 

                        en el centro de mi cuerpo un candil para tus ojos 

                        y las libélulas viajando por dentro. [18]

 

 

—Es cierto que esas son, básicamente, imágenes eróticas: pero es que lo erótico siempre se trata de algo más allá del cuerpo, de lo que está transido y es inefable pero en él se padece: materia residual, pues, de una pasión. Entra como pura mirada y se (con)vierte en paisaje activo, animado —por aquel mismo “soplo, efluvio ambarino / que me pone en riesgo” [10]. El lance y el vértigo, su empuñadura es la vereda camino a la Posta de Xiang, a donde se llevan los mensajes y de donde se traen: núcleo emisor y nutrido, suponiendo que el camino no sea el mensaje, y que la comunicación entre esta vida y las otras sea el deseo de aquellas por ésta en el canal de lo añorado. Como si fuera posible, no la ultratumbra, sino esta suerte de protoactualidad que descubriera las riquezas de lo imposible aquí mismo.

            En cualquier caso hay un rapto/una abducción en el principio y, ya para el segundo poema: estamos donde soñamos: “el yerbero” nos procura, elegimos los tatuajes del catálogo ancestral. —Lo interesante es que parezcamos o prefiramos pertenecer a la irrealidad: lo ficcionado de nuevo se confirma como el origen, y eso parece respaldar lo que amamos —más, lo que no— y justificar la longitud de nuestra mortificación, los siglos que parece durar con una música de cordel cada vez más delgada y discreta…  nuestra melancolía.
 

            Y sin embargo esta duración la hermosea.

            Así se llena de símbolos tan indelebles cuanto más velados: como si no fuera la luz la que pudiera descubrirlo, sino a cuyo contacto se erosionara. Como aquel dragón del que “los maestros advierten / se podrá grabar sólo en la memoria” [13] —¿qué es la memoria; es, contiene, dura? Y no creo ser el único que al leerlo asumió de inmediato que el animal mítico fue impreso con un material incandescente ahí mismo. Otra flama de seda sobre la nada.

            Todo está transfigurándose, muta, pero en ese cambio sigue, se afirma —no por su forma— sino por su esencia. Hay una tríada elemental de signos: el crisantemo, el fénix, aquel dragón. El crisantemo “emite luminiscencias” [11]. ¿No es otra vez el mismo objeto de plasma o punto parpadeante del primer poema? La flor asombra o se consagra o sólo vuelve bajo la forma de estrella para traer el mensaje que rapta. El mensaje es la propia vuelta y su continuidad. De nuevo el ciclo. El crisantemo arde como fénix en el cielo de la memoria y así es donde se graba y arde el dragón. No se escoge, luego, nada más de lo que ya estaba dispuesto. Y esta pre-definición (alta predefinición) nos entristece un poco más, pero más nos salva. Lo lamentable es no tener un destino —ni siquiera uno que perder— y sólo y solo poder y tener que elegir como si todo valiera lo mismo y dependiera de nuestra valoración: si se la damos. Pero uno se confirma, se cumple —como si ser firmara, suscribiera una ley.

            En eso también hay un apego bastante marcial al espíritu de Oriente, caro a GCW, propuesto o no con esa deliberación pero cuya coincidencia al calce de pronto hace pensar si no será verdad que en alguna otra ocasión —como sombras tiempos perdidos— ella fue la joven de la Posta de Xiang.

 

 

                        Una mujer está sentada a la puerta de su casa 

                        un sable descansa sobre el piso

                        ella viste de seda,

                        y en el patio

                        el árbol rasga el día con sus hojas. [27]

 

 

Esa mujer había sido soñada o pre-vista en un poema de Naturaleza muerta (UANL, 2011):

 

 

                       Me tomé un jugo de arándano

                       y soñé un cuerpo sobre una mesa, 

                       era un cuerpo blanco

                       junto a él una lámpara, unos guantes,

                       una pequeña nube lloviendo sobre el cuerpo;

                       sobre la mesa

                       un cuchillo, más bien una daga;

                       

                       en el cuerpo una marca (7), en el cuello

                       la incisión y de ahí un río

                       que alimenta el mar 

                       sin precisar la extensión de sus aguas.

                       

                       Allá en el mar flota otro cuerpo

                       uno negro que lleva

                       encima otro cuerpo,

                       junto a él una lámpara, unos guantes, 

                       una pequeña nube lloviendo sobre el cuerpo;

                       sobre la mesa

                       un cuchillo, más bien una daga.

           

—Yo “sigo el rastro que dejaron los fantasmas”(8). Son muchos los contactos que se revelan en una lectura a contraluz de la propia obra de GCW. La flor buscada en la expedición que narra esta obra

 

 

                        Me dices que necesitar ir al desierto para encontrar la flor  [27]

 

 

Está literalmente preservada en Naturaleza muerta :

 

                       

                        Hay días para guardar un asfódelo en una caja —una caja de madera— que cierre herméticamente, que                                       detenga el contacto de la flor con el aire. Hay días para estar sola y pensar en la luz que penetró aquella                                                                tarde transformando el color de uno de tus ojos.

 

 

— luz del mismo “objeto de plasma”. Estamos a ras del desbordamiento por sobreapilación —de capas —de lectura: palimpsestos sobre desvelados, translúcidos papiros. “Unos gramos más y la balanza se inclina” [14]… la tara es rebasada y se derrama; hay un rompimiento de los diques —casi intuyo qué hexagrama del I Ching dibuja eso— y ya no hay ventura sino sólo peligro pues hemos incurrido en el exceso. Un exceso inefable pero el mismo tan caro a nuestros chinos y al espíritu de Oriente que —ahora es oportuno decirlo—  a cada obra de GCW se revela como más propio, familiar, suyo.

            Este libro, esta “pequeña flor / de nacimiento asiático / que emite luminiscencias” [11] que suscribe en 2018 no es el primer atisbo de su índole en la biblioteca firmada por su autora —aunque sí es la primera vez que lo detenta de forma explícita. Recientemente revisité toda la obra de GCW y hallé casos, hallé signos… había cosas que —si no predecían esto— sí lo precedían (9). Las imágenes retornan en un eterno ciclo, en un ritmo que va de la luz a la oscuridad del al no… El poema en el que transitan y se mezclan dimensiones disímbolas —el poema se da la desgarradura— aparece en varias obras bajo identidades distintas: ¿vuelve o permanece? Si en el siguiente caso, de Naturaleza muerta, cambiáramos la palabra “kilómetros" por la palabra “siglos”: estaríamos en la dimensión de Una flama

 

                        Me pesa la cuenta de los días en que estamos 

                        cada quien en lo suyo pero juntos, a kilómetros 

                                                  /de distancia pero muy cerca. 

                        Y sin embargo esta mañana me siento ligera

                                                         /como una tira de papel.

                        El día está despejado y ligeramente frío.

                        Te presentas en un soplo que me entra,

                        en un pájaro con el pecho escarlata que se detiene 

                                                                             /en el encino.

                        Hoy te veo, te toco, te huelo mientras me siento

                                                     /ligera como una tira de papel.

 

 

—Y ya sabríamos la materia de la que está hecho aquel papel.

 

Releer la obra de GCW y reparar en la contemplación, en su fauna y su flora propias de aquel lugar lejano en el tiempo; esos peces y el peso de un elemento como el agua que, lo mismo que su curso mutable y ductil, poseé una naturaleza abisal: con una impronta transparente y ciega cuanto más profunda y que tiene que ver con el tema de la contención —su sujeción estricta, marcial. La contención es un punto clave en la escritura de nuestra autora. Es decir, el tema de una medida del exceso que lo cala está presente en las páginas de sus libros y rubrica particularmente el ánima de Material peligroso y de Hamburgo en alguna parte (27 Editores, 2014) —esta última, novela donde al cabo sí hay un desbordamiento que —claro— tiene que parar en muerte.

 

 

                        es una pulsión constante que no conoce límites [43]

 

 

En ese sentido, la erótica de este libro es clásica y está en su superficie, pero como tal yace toda asombrada bajo el trazo de una acuarela neblinosa: por un hábito agónico, funeral. Quiere el fin. Ese y uno de cuyas cenizas renacerá en su música de fénix Una flama de seda como la nada, un objeto de plasma —otro nombre de la propia sangre— que acaso nos contemple alguna vez para volver

 

 

                        No es lo mismo mirar que mirar.
 

                        Llevar a cabo esta acción implica, paradójicamente, cerrar

                        los ojos, volverse dentro y construir la imagen (10) 

 

 

—aunque ese retorno sea el de lo que nunca se ha ido.

 

 

—Rodrigo Guajardo

octubre, 2018.

 

(1) Recordé unos versos del dueto Kings of Convenience, en su canción “Singing Softly to Me”: Things seem so much better when / They’re not part of your close surrondings / Like words in a letter sent / Amplified by the distance.

(2) El verso pertenece a un poema de Material peligroso (Hiperión/UANL, 2015).

(3) Este y los siguientes subrayados son míos.

(4) Mientras tanto, en Material peligroso: “Se trata de una suspensión de / movimiento, de una especia de muerte / limpia y transparente”.

(5) Cfr. “Algunas de ellas me devolvieron la mirada” [22].

(6) El poema aparece en Un niño albino cruza la calle, de próxima aparición por parte de Mantis Editores.

(7) Cfr. esta marca de Naturaleza muerta con las marcas que trazan el cuerpo de símbolos (crisantemo, fénix, dragón) en Una flama de seda como la nada; ahi, por ejemplo: “en consecuencia debo marcar mi cuerpo” [10] y “en los muslos tus caracteres marcados” [20].

(8) El verso pertenece a El filo de la playa (Mantis Editores, 2007).

(9) “Los ruidos de / afuera continúan por un largo periodo, y poco a / poco se fusionan con los golpes que imaginas / diera un monje asiático”, un verso perteneciente a Material peligroso, es el menos sutil de estos ejemplos: pero es uno de ellos. “Para qué cruzaría yo / túneles luminosos o llenos de sombras, o puentes / que atraviesan ríos como mares (…) o abordo / de naves tan delgadas como vajilla china, para qué dejar caer mi cuerpo sobre una cama de nubes” —otro.

(10) De nuevo, el verso —que podría fungir como un ars poética no sólo de Una flama de seda como la nada, sino de la propia GCW, pertenece a Material peligroso.